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Lorena S. Gimeno

Clair obscur ~18 de junio de 2169~

Cuando comencé con las escenas inéditas, no pensé que algunas se convertirían en capítulos enteros. Así que, sí, en adelante lo más seguro es que para el cumpleaños de mis protagonistas escriba partes de su historia que ahondan en su profundidad o en el lore del mundo.

Feliz cumpleaños, Jacques. Aquella cita con Bell seis meses después de empezar a salir no se te olvidará nunca.

AVISO: Este capítulo especial contiene algunos spoilers de la trama de «Loba con piel de cabra».


Su cumpleaños caía en miércoles. Y aun así Bell había convencido a su jefe, el tipo con el que pasaba tres tardes a la semana incluso en vacaciones, para librar. Así que él había hecho lo mismo de su trabajo a medio tiempo. Incluso había alquilado un vehículo para salir de la ciudad y perderse hasta la mañana siguiente.
Porque ni Bell ni Jacques tenían exámenes la mañana siguiente.
¿Había gastado sus ahorros en alquilar una pequeña cabaña en mitad de la nada para follar en alguna parte que no fuera su diván? Por supuesto que sí. Más ahora que casi llevaban seis meses saliendo.
—¡Jacques! —lo llamó Bell mientras salía de la residencia.
Joder… Estaba preciosa con aquel vestido bustier naranja. Más cuando su novia huía de las faldas tanto como él de la ropa interior.
Así que aquellas veces en las que lo sorprendía enseñando piernas como la diosa que era… Él simplemente se arrepentía de clavarse la cremallera de los pantalones en la polla. «Combo mortal por el escote», se apiadó de sí mismo mientras la saludaba de vuelta con una sonrisa.
Adoraba el verano, o el casi verano. Y tener novia lo hacía todo más emocionante aun con todo el equipaje que ella llevaba consigo. Literal y metafóricamente.
—Ahora me entero de que nos vamos una semana —la picó cuando Bell llegó a su lado.
Ella le soltó uno de sus adorables manotazos en el hombro antes de decir:
—Me lo agradecerás después, Le Blanche.
Ups. Cuando lo llamaba por el apellido solo podía significar que estaba enfadada. O fingía estarlo. Si lo estaba fingiendo era algo realmente bueno.
La mitad de las veces no sabía lo que pasaba por la cabeza de Bell; pero se había metido por el misterio y hundido hasta el fondo por la emoción. Una relación que él quería cuidar, mantener y atesorar por el resto de sus días.
Y sabía que Bell sentía lo mismo porque él era la primera persona que ella había amado tanto como para contarle sus secretos.
La cogió de las manos y, aunque el tintineo de la pulsera le molestaba, tiró de ella para besarla. Un roce de labios que se volvió feroz en cuanto la lengua de Bell jugueteó con su labio inferior. Un gesto que siempre incendiaba su cuerpo entero y hacía latir el corazón en su pecho de formas poco saludables.
—¿Este es el coche? —quiso saber ella, cortando el beso demasiado pronto—. ¡Es descapotable!
—Como no te gustan los lugares estrechos… —divagó. Su novia lo miró con pura adoración mientras lo cogía de la mano y lo deslumbraba con su sonrisa.
—Entonces voy a conducir yo —asintió ella mientras sacaba una caja perfectamente envuelta de una de sus maletas y se la entregaba—. Tú estarás ocupado.
Jacques alzó una ceja mientras jugueteaba con el papel, curioso.
—No necesitabas comprarme nada, Bell.
—Pero lo he hecho —se encogió de hombros ella—. Y voy a convencerte de dejarme pagar la mitad del alojamiento que hayas alquilado para esta noche —lo amenazó—. Sabes que lo conseguiré.
—Si es que cuando se te mete algo en la cabeza… —suspiró él. Guardó las maletas en la parte trasera, al lado de su mochila (porque solo iban a estar un día fuera), y se sentó de copiloto mientras Bell ajustaba el asiento a su altura y desplegaba la capota.
—¿Te lo vas a quedar mirando? —sonrió ella, señalando el regalo—. Ábrelo.
Jacques asintió, con los nervios a flor de piel. Jugueteó un poco con el envoltorio para recrearse en la sensación. Después, tiró sin romperlo y se le quedaron los dedos helados sobre la caja.
—Bell… ¿Me has comprado una cámara? —preguntó, incrédulo.
Y no cualquier cámara. Era aquella por la que él llevaba tres años ahorrando y de la que había desistido para pasar aquel día con ella en un sitio precioso con todo cubierto.
Un sueño que había sacrificado com gusto.
Sacó el dispositivo de la caja y vio que no era de segunda mano, sino nueva. De verdad. Y con el set completo de objetivos como las cámaras de antes.
—¿Te gusta? —se ilusionó ella mientras salían del aparcamiento de la universidad hacia la carretera.
—¿Cómo te has acordado del modelo? —se extrañó mientras besaba su mejilla y procedía a montar la cámara.
—Memoria perfecta, ¿recuerdas? A veces tiene su utilidad.
Jacques estrenó su primera cámara (por fin podría dejar de usar su UZAN para hacer fotos) retratando a Bell y el aire que amenazaba con echarle el pelo a la cara constantemente. Esa melena rubia platino que se movía de forma casi sobrenatural sobre su cabeza.
No. Sobrenatural no. Prefería no pensar en nada relacionado con todos los seres que vivían a plena luz del día, o la noche, a parte de la humanidad.
Observó la fotografía en la pantalla y conectó su identificación para que esta se subiera a los archivos de su cuenta. Perfecta, preciosa y natural. Iba a hacer una copia física enorme y ma enmarcaría.
—Me encanta, Bell —admitió. Las mejillas doloridas de tanto sonreír—. Gracias.
Se detuvieron en un semáforo y Bell cogió un coletero del bolsillo de su vestido para hacerse una coleta alta. Allí, en su nuca, los tres chupetones que él solía dejar de forma distraída para que el cabrón de su jefe los viera.
El tipo peligroso cuyo ex era la única persona con información de su madre y su padre; palabras de Bell.
Jacques no sabía más, porque ella le había pedido que, antes, leyera los nueve libros que componían la serie «Diario de Fary Louis». Aunque el joven no sabía por qué.
Pero desde que Bell le había confiado lo que hacía con él, tres malditas veces por semana, él había empezado a buscar su nuca para dejar su estampa. Algo que ella ni nadie viera porque siempre llevaba el pelo suelto.
Así que solo alguien que soliera tocar su pelo y apartarlo de su camino los vería. La demostración: ahora había un cuarto chupetón, cerca de la oreja. «Maldito chupasangres…», gruñó para sus adentros. Acercó una mano a la marca en ella y Bell se crispó.
—Tienes un moratón aquí —se hizo el inocente—. Creía que tu jefe no te hacía daño.
—Y no lo hace —aseguró ella—. Quizá haya sido… Da igual.
—¿Qué?
—No voy a contarte lo que hago en mi trabajo, Jacques. No es seguro para ti —zanjó, seria—. Ni siquiera debería hablarte de esto aquí.
—Lo sé… Lo siento. Pero es que parece… Un chupetón.
—Él nunca me ha tocado de esa forma, Jacques. Acordamos exclusividad y mantengo mi palabra —recordó ella con el ceño fruncido y los dedos sobre el chupetón—. ¿Me crees?
—Por supuesto que sí —contestó, rápido.
Porque Bell siempre le había dejado en claro que ella era una mujer con un corazón muy grande. Pero al empezar a salir había cortado todo contacto con todas las personas con las que follaba en un horario marcado y bien organizado.
Su querida Bell y su extrema capacidad para organizarse todas y cada una de las horas del día.
Por supuesto, al pedirle aquello ella le había mostrado las decenas de huecos a la semana que ahora tenía libres. Una parte, Bell los llenó de actividades físicas intensas; para el resto, él había cumplido con su parte sin queja alguna.
—No me fío de él. Porque es un chupa//
—Como mi padre —cortó, seca, ella—. Mi jefe es como mi padre, Jacques. Y sabes perfectamente que no soy como tú.
—Cierto… Lo siento.
Centró su mirada en los edificios en su camino a las afueras. Fotografió fachadas, lugraes emblemáticos y, por supuesto, a Bell al volante. Sus movimientos eran suaves y firmes, calculados y milimetrados. Como todo lo que hacía su novia siempre.
Sus gestos y manierismos le parecían lo más sensual de ella. Porque Bellatrix Mallet quizá no era la mujer más hermosa del mundo, pero sí la más atrayente. Y su sonrisa era capaz de ponerle el mundo del revés.
—¿Te has enfadado? —preguntó, con una mano en su pierna.
No pretendía colocarla tan cerca del bajo de la falda, pero su cuerpo había traicionado sus intenciones puras. Así que se hizo el inocente, con su sonrisa de oro y acariciando su piel con las yemas de los dedos.
Adoraba el verano.
—Solo… Prefiero no hablar de ello —sonrió ella, visiblemente cansada—. Quizá no ha sido buena idea ir dos días seguidos para tener la Su cumpleaños caía en miércoles. Y aun así Bell había convencido a su jefe, el tipo con el que pasaba tres tardes a la semana incluso en vacaciones, para librar. Así que él había hecho lo mismo de su trabajo a medio tiempo. Incluso había alquilado un vehículo para salir de la ciudad y perderse hasta la mañana siguiente.
Porque ni Bell ni Jacques tenían exámenes la mañana siguiente.
¿Había gastado sus ahorros en alquilar una pequeña cabaña en mitad de la nada para follar en alguna parte que no fuera su diván? Por supuesto que sí. Más ahora que casi llevaban seis meses saliendo.
—¡Jacques! —lo llamó Bell mientras salía de la residencia.
Joder… Estaba preciosa con aquel vestido bustier naranja. Más cuando su novia huía de las faldas tanto como él de la ropa interior.
Así que aquellas veces en las que lo sorprendía enseñando piernas como la diosa que era… Él simplemente se arrepentía de clavarse la cremallera de los pantalones en la polla. «Combo mortal por el escote», se apiadó de sí mismo mientras la saludaba se vuelta con una sonrisa.
Adoraba el verano, o el casi verano. Y tener novia lo hacía todo más emocionante aun con todo el equipaje que ella llevaba consigo. Literal y metafóricamente.
—Ahora me entero de que nos vamos una semana —la picó cuando Bell llegó a su lado.
Ella le soltó uno de sus adorables manotazos en el hombro antes de decir:
—Me lo agradecerás después, Le Blanche.
Ups. Cuando lo llamaba por el apellido solo podía significar que estaba enfadada. O fingía estarlo. Si lo estaba fingiendo era algo realmente bueno.
La mitad de las veces no sabía lo que pasaba por la cabeza de Bell; pero se había metido por el misterio y hundido hasta el fondo por la emoción. Una relación que él quería cuidar, mantener y atesorar por el resto de sus días.
Y sabía que Bell sentía lo mismo porque él era la primera persona que ella había amado tanto como para contarle sus secretos.
La cogió de las manos y, aunque el tintineo de la pulsera le molestaba, tiró de ella para besarla. Un roce de labios que se volvió feroz en cuanto la lengua de Bell jugueteó con su labio inferior. Un gesto que siempre incendiaba su cuerpo entero y hacía latir el corazón en su pecho de formas poco saludables.
—¿Este es el coche? —quiso saber ella, cortando el beso demasiado pronto—. ¡Es descapotable!
—Como no te gustan los lugares estrechos… —divagó. Su novia lo miró con pura adoración mientras lo cogía de la mano y lo deslumbraba con su sonrisa.
—Entonces voy a conducir yo —asintió ella mientras sacaba una caja perfectamente envuelta de una de sus maletas y se la entregaba—. Tú estarás ocupado.
Jacques alzó una ceja mientras jugueteaba con el papel, curioso.
—No necesitabas comprarme nada, Bell.
—Pero lo he hecho —se encogió de hombros ella—. Y voy a convencerte de dejarme pagar la mitad del alojamiento que hayas alquilado para esta noche —lo amenazó—. Sabes que lo conseguiré.
—Si es que cuando se te mete algo en la cabeza… —suspiró él. Guardó las maletas en la parte trasera, al lado de su mochila (porque solo iban a estar un día fuera), y se sentó de copiloto mientras Bell ajustaba el asiento a su altura y desplegaba la capota.
—¿Te lo vas a quedar mirando? —sonrió ella, señalando el regalo—. Ábrelo.
Jacques asintió, con los nervios a flor de piel. Jugueteó un poco con el envoltorio para recrearse en la sensación. Después, tiró sin romperlo y se le quedaron los dedos helados sobre la caja.
—Bell… ¿Me has comprado una cámara? —preguntó, incrédulo.
Y no cualquier cámara. Era aquella por la que él llevaba tres años ahorrando y de la que había desistido para pasar aquel día con ella en un sitio precioso con todo cubierto.
Un sueño que había sacrificado com gusto.
Sacó el dispositivo de la caja y vio que no era de segunda mano, sino nueva. De verdad. Y con el set completo de objetivos como las cámaras de antes.
—¿Te gusta? —se ilusionó ella mientras salían del aparcamiento de la universidad hacia la carretera.
—¿Cómo te has acordado del modelo? —se extrañó mientras besaba su mejilla y procedía a montar la cámara.
—Memoria perfecta, ¿recuerdas? A veces tiene su utilidad.
Jacques estrenó su primera cámara (por fin podría dejar de usar su UZAN para hacer fotos) retratando a Bell y el aire que amenazaba con echarle el pelo a la cara constantemente. Esa melena rubia platino que se movía de forma casi sobrenatural sobre su cabeza.
No. Sobrenatural no. Prefería no pensar en nada relacionado con todos los seres que vivían a plena luz del día, o la noche, a parte de la humanidad.
Observó la fotografía en la pantalla y conectó su identificación para que esta se subiera a los archivos de su cuenta. Perfecta, preciosa y natural. Iba a hacer una copia física enorme y la enmarcaría.
—Me encanta, Bell —admitió. Las mejillas doloridas de tanto sonreír—. Gracias.
Se detuvieron en un semáforo y Bell cogió un coletero del bolsillo de su vestido para hacerse una coleta alta. Allí, en su nuca, los tres chupetones que él solía dejar de forma distraída para que el cabrón de su jefe los viera.
El tipo peligroso cuyo ex era la única persona con información de su madre y su padre; palabras de Bell.
Jacques no sabía más, porque ella le había pedido que, antes, leyera los nueve libros que componían la serie «Diario de Fray Louis». Aunque el joven no sabía por qué.
Pero desde que Bell le había confiado lo que hacía con él, tres malditas veces por semana, él había empezado a buscar su nuca para dejar su estampa. Algo que ella ni nadie viera porque siempre llevaba el pelo suelto.
Así que solo alguien que soliera tocar su pelo y apartarlo de su camino los vería. La demostración: ahora había un cuarto chupetón, cerca de la oreja. «Maldito chupasangres…», gruñó para sus adentros. Acercó una mano a la marca en ella y Bell se crispó.
—Tienes un moratón aquí —se hizo el inocente—. Creía que tu jefe no te hacía daño.
—Y no lo hace —aseguró ella—. Quizá haya sido… Da igual.
—¿Qué?
—No voy a contarte lo que hago en mi trabajo, Jacques. No es seguro para ti —zanjó, seria—. Ni siquiera debería hablarte de esto aquí.
—Lo sé… Lo siento. Pero es que parece… Un chupetón.
—Él nunca me ha tocado de esa forma, Jacques. Acordamos exclusividad y mantengo mi palabra —recordó ella con el ceño fruncido y los dedos sobre el chupetón—. ¿Me crees?
—Por supuesto que sí —contestó, rápido.
Porque Bell siempre le había dejado en claro que ella era una mujer con un corazón muy grande. Pero al empezar a salir había cortado todo contacto con todas las personas con las que follaba en un horario marcado y bien organizado.
Su querida Bell y su extrema capacidad para organizarse todas y cada una de las horas del día.
Por supuesto, al pedirle aquello ella le había mostrado las decenas de huecos a la semana que ahora tenía libres. Una parte, Bell los llenó de actividades físicas intensas; para el resto, él había cumplido con su parte sin queja alguna.
—No me fío de él. Porque es un chupa//
—Como mi padre —cortó, seca, ella—. Mi jefe es como mi padre, Jacques. Y sabes perfectamente que no soy como tú.
—Cierto… Lo siento.
Centró su mirada en los edificios en su camino a las afueras. Fotografió fachadas, lugraes emblemáticos y, por supuesto, a Bell al volante. Sus movimientos eran suaves y firmes, calculados y milimetrados. Como todo lo que hacía su novia siempre.
Sus gestos y manierismos le parecían lo más sensual de ella. Porque Bellatrix Mallet quizá no era la mujer más hermosa del mundo, pero sí la más atrayente. Y su sonrisa era capaz de ponerle el mundo del revés.
—¿Te has enfadado? —preguntó, con una mano en su pierna.
No pretendía colocarla tan cerca del bajo de la falda, pero su cuerpo había traicionado sus intenciones puras. Así que se hizo el inocente, con su sonrisa de oro y acariciando su piel con las yemas de los dedos.
Adoraba el verano.
—Solo… Prefiero no hablar de ello —sonrió ella, visiblemente cansada—. Quizá no ha sido buena idea ir dos días seguidos para tener la tarde libre —confesó ella.
—Bell…
—Solo necesito parar un momento y comer algo —decidió ella mientras aparcaba en un pequeño supermercado—. ¿Te traigo algo?
—Debería ir yo a buscarte algo a ti —le recordó.
—En realidad, me falta una cosa en la maleta y la voy a comprar ahora, así que nada de joderme la sorpresa que te tengo preparada, Le Blanche —lo avisó, un dedo apuntando a su pecho y los ojos, divertidos, entrecerrados.
Jacques sonrió y fotografió el momento; y el siguiente en cuanto a ella se le subieron los colores.
Bell se apeó del deportivo y entró al supermercado con uno de sus correteos habituales. Su novia siempre caminaba con decisión y la presencia de una guerrera, pero su nerviosismo supuraba cuando tenía que hacer algo de lo que se había olvidado por completo.
Era adorable verla toda acalorada y machacándose a sí misma por un descuido, más cuando tenía una memoria perfecta. Pero los pasitos veloces no la hacían menos atraemiradas.
¿Se sentía orgulloso de haber colaborado en que el autoestima de ella fuera más estable? Por supuesto. Porque Bell era feliz con su cuerpo, pero siempre había escondido de forma activa la cicatriz de su pecho.
Así que él había centrado todos sus esfuerzos en mimar la zona, tirar de sus escotes para verla y decirle que era parte de ella y de su historia. Algo único. Algo que le serviría siempre como criba para categorizar a las personas a su alrededor.
¿Tenía él un fetiche por las cicatrices? No. Pero sí estaba descubriendo su faceta más posesiva cuando se encontraba, por ejemplo, dejándole chupetones como si ella fuera de su propiedad o algo.
Escalofriante. Grimoso. Pero verla ahora salir de la tienda con una chica pequeña y tetuda pidiéndole intercambiar contactos le hacía hervir la puta sangre.
Así que salió del vehículo e irguió la espalda. Caminó hacia ellas y Bell chocó la cabeza contra su pecho.
—Pfff. Jacques, ¿qué haces? —rió ella mientras se mordía el labio.
Sí. Era Bell la que tenía un fetiche con las tetas. Algo que lo hacía sopesar la opción de desarrollar pectorales solo para ella.
—Tardabas mucho, cariño —gimoteó como un osito mientras la abrazaba.
Bell reía, como siempre, de sus imbecilidas. La tetuda arqueó una ceja pero pronto se quedó tiesa en cuanto él, con una mirada, le dejó en claro que no había nada para ella allí.
Si medía más de dos metros que le sirviera para algo.
Volvió a dejar los pies de Bell en el suelo mientras ella aún reía. Miró en derredor y frunció el ceño.
—¿Has visto a la chica que ha salido conmigo?
—La he visto irse por allí —señaló él con la cabeza, todo sonrisas.
—Jacques…
—¿Qué?
—Sé lo que has hecho —lo acusó.
—Demuéstralo —arrugó un hombro él mientras volvían al coche.
Sí. Se mereció el pellizco en el culo y la no-amenaza de atarlo a la cama por la noche. Porque Bell no habría llenado sus maletas de juguetes, ¿verdad?
Se removió en el asiento y tiró de sus pantalones para aliviar la presión mientras volvían a la carretera.
No funcionó.
—Merecido por celoso —se mofó Bell—. Aunque creo que te gusta que te riña y te amenace.
—De nuevo, no tienes pruebas.
—Pero tampoco dudas —sonrió ella mientras palmeaba quizá un poco demasiado fuerte su paquete.
La respuesta: una dolorosa palpitación bajo su mano.
—Eso tiene que doler —disfrutó ella de su sufrimiento.
—Siempre puedo hacerme una paja durante tooooodo el camino para joderte —amenazó, con una mano tanteando la cremallera del pantalón.
—Si quieres que terminemos muertos en la carretera, adelante —lo avisó ella, demasiado seria.
Bell lo miró de reojo mientras aminoraba la marcha, Jacques con la cremallera a medio bajar. El duelo de miradas fue corto porque él le tenía demasiado aprecio a su vida.
Así que metió la mano para proteger su pene y volver a subir la cremallera. Mano que Bell cogió en cuanto la sacó de los pantalones.
Su novia frenó un momento el deportivo y lamió la palma de su mano con toda la lengua. Sorbió sus dedos y entre ellos. Y cuando lo soltó se pasó la lengua por los labios y paladeó.
—Cabrona —gruñó él, aún más dolorido.
—Delicioso —suspiró ella con un gemido.
—Bell…
—¿Qué?
—Al final seré yo el que te ate a la cama luego.
—Mmm… ¿Es una promesa?
Un coche les adelantó con un pitido, a lo que Bell respondió con una peineta y uno de sus muchos insultos en francés. Un idioma que él entendía porque en el orfanato lo enseñaban.
—Putain. A penas hay coches y aun así le gente lleva unas prisas… —negó ella, decepcionada, mientras aceleraba a un ritmo más decente.
Pasaron el resto del viaje hablando de las clases, las desventuras de Mireille con su novia actual y cómo las madres de Bell pasarían quince días en agosto en París para pasar tiempo con su hija.
Él, por supuesto, estaba invitado. Y estaba cagado de miedo.
Mireille, que había pasado una semana en Cornwall antes de Navidades, le había dicho que Jeanne, una de las madres de Bell, daba miedo. Pero miedo, miedo.
Y cuando él le había preguntado a su novia, esta le había dicho que su madre era ex-militar, pero muy cariñosa. «A mí me da que solo es cariñosa contigo y con tu otra madre», quiso responderle, pero se lo calló.
Para Jacques, sin embargo, valía la pena llevar dos semanas los huevos por corbata si eso significaba ser presentado oficialmente como el novio de Bell.
Eso lo hacía oficial. Más permanente en la vida de la mujer con la que quería pasar el resto de sus días.
Llegaron pronto al hermoso bosque donde él se podría pasar semanas perdido para fotografiar hasta el último rayo de luz filtrado entre las hojas. Bell se metió por un camino de grava que crujió bajo los neumáticos y avanzó a paso lento hasta la cabaña.
—Putain, Jacques… —silbó ella—. Este sitio es precioso.
—¿Verdad que sí? —se sintió orgulloso él mientras sacaba las maletas.
Las dejó en el suelo y sacó la cámara para hacerle una foto a los verdes y brillantes ojos de su novia, embelesada por el escenario. Joder… Ya llevaba doscientas hechas en pocas horas.
—El interior también es bonito —explicó él mientras la seguía de cerca—. Es una lástima no poder aprovechar el espacio para… Oh… Por eso tantas maletas.
Bell lo miró mientras entraba marcha atrás en la cabaña, con esa sonrisa de triunfadora cada vez que le salía bien una estratagema o un plan. Después jugó con la falda de su vestido entre los dedos y giró sobre sus pies.
—Siempre estás sacándome fotos, así que hoy haré de modelo para ti —ronroneó ella, ahora abrazándolo de la cintura—. Solo prométeme que no las publicarás sin avisarme antes.
—Prometido. —Se agachó para besarla.
—También quiero hacerte fotos yo, con mi UZAN. Me da miedo romper la cámara.
Jacques rió, suave y conmovido.
—¿Qué he hecho para merecerte? —se preguntó en voz alta, contra los labios de ella.
—Tener una espalda irresistible y dar la casualidad de que te confundí con tu compañero de piso —respondió ella, tan romántica como siempre—. Si no me hubiera lanzado yo, jamás te habrías metido conmigo en la cama. —No era una pregunta, sino un hecho.
—¿Estás segura? —tanteó, lamiendo la comisura de sus deliciosos labios que, joder, sabían a él.
—Sé que no eres tan bonachón como dicen, Jacques —le aseguró Bell—. Pero aquel día no ibas a ligar conmigo por fidelidad a Aleix.
—Cierto…
El agarrón de polla de Bell, junto con su insinuación directa de querer lamerlo entero untado de nata, había sido lo que lo había llevado a traicionar sus principios por primera vez.
—En realidad siempre he sido como el resto cree, pero eres una mala influencia y sacas partes de mí que no sabía que existían.
—¿Como los celos?
—Sí. Eso. No me gusta ser celoso pero…
—Jacques… Tus celos son adorables y, mientras no te pongas en plan territorial, no me molestan. Es más, me gusta que te pongas dominante de vez en cuando —admitió ella, con un dedo paseando por su pecho—. ¿Te enseño la ropa que he traído a ver qué quieres que me ponga?
«Nada. Quiero hacerte fotos desnuda en todas las superficies de esta cabaña, del bosque y encima y dentro del deportivo», gruñó para sus adentros. Pero la ropa debería valerle, de momento.
Tiró de la coleta que Bell aún llevaba y se agachó para mordisquear su cuello detrás de la oreja, sobre el chupetón que no era suyo. Lo rodeó con los labios evitando pensar que a lo mejor Bell no se había duchado desde el momento en el que se había hecho. Seleccionando el olor de ella por encima del de él.
Lamió su piel y besó y sorbió hasta tapar por completo el moretón por su propia marca.
—Mmm… Chof —sonrió Bell, con la mirada oscurecida—. No puedo evitar pensar que eso ha sido un beso indirecto.
—Bell… —la riñó.
No. Su polla no había reaccionado a su comentario. Al pensamiento de saborear la saliva de otro hombre en ella. Jamás.
—¿Qué? Es un hecho.
—No necesitaba saberlo.
—Vale… Lo siento —puso ella los ojos en blanco—. Entonces… ¿Follamos o me cambio?
—Vamos a hacerte fotos ahora que la luz es buena —refunfuñó.
—¿Seguuuro? —lo tentó, mirándole el bulto de los pantalones.
—Segurísimo.
—Aguafiestas —hinchó ella los carrillos—. Venga. Escoge modelito y dime dónde vamos primero.
—Ninguno —mandó, cediendo a sus impulsos y deseos.
—¿Ninguno?
—Todo fuera, Bell —especificó—. Coletero incluido.
Su novia se mordió el labio, ya con las manos a la espalda. Tiró de la cremallera y el vestido cayó a sus pies. Como siempre, no llevaba sujetador y su ropa interior era, esta vez, de encaje.
Puto encaje de los cojones.
Bell tanteó la cintura de las pequeñas bragas, sin dejar de mirarlo. ¿Cómo la miraba, ahora? ¿Serio? ¿Con deseo?
Sea como fuere, a Bell le gustaba porque vio un hilo de su flujo extenderse desde su coño a las bragas en cuanto las bajó.
—Dámelas —ordenó, casi sin reconocer su propia voz.
—Mmm… Jacques —paladeó ella su nombre. Y él se estremeció por dentro.
Se le tensaron las entrañas y las bolas. Casi podría haberse corrido en los pantalones si ella hubiera tocado su erección por encima de la ropa.
Bell se acercó a él y colocó con suavidad la prenda en la mano que tendía hacia ella. Tragó saliva y tensó la mandíbula, pero se llevó las bragas a la boca y lamió el interior para tener su sabor en la boca.
La mandíbula de ella cayó al suelo. Los ojos abiertos por completo y casi pudo oír su coño contraerse ante su gesto.
—Vuelve a hacerlo —pidió Bell.
A su novia le encantaba mirar. Y, aunque se muriera de la vergüenza por dentro, Jacques se esforzaba por mostrarse atrevido. O más bien ignoraba todos sus filtros morales y éticos a propósito para mostrarle a ella todas las mierdas que se le pasaban por la cabeza cuando la tenía cerca.
Por ejemplo, hubiera disfrutado de una mamada en el coche si hubiera conducido él. Y se le había ocurrido masturbarla mientras ella conducía.
Pero la seguridad antes que el deseo, así que no.
—Chof y rechof, Jacques —juró Bell mientras se abanicaba con ambas manos—. Haz eso desnudo y me corro.
De nuevo, su brutal honestidad lanzó un golpe directo a su polla. Y solo quiso liberarse de toda la ropa y follársela sobre el sofá, de espaldas, para ver todas las marcas de su cuello.
—Vamos fuera —sonrió como pudo.
—¿Fuera?
—El bosque está bonito y los rayos de luz entre las copas de los árboles quedarán preciosos sobre tu piel y tu pelo, Bell —pidió.
—¿Y si alguien nos ve? —temió ella.
—El bosque alrededor de la cabaña es privado. Nadie te verá, Bell. ¿Confías en mí?
—Por supuesto que sí… —Aun así, dudaba—. Quítate tú también la ropa. Así sentiré menos vergüenza.
—Bell…
—Si sigues gruñendo mi nombre como un perro en celo, Jacques, ni fotos ni nada. Ya me está costando no sacar el paquete de preservativos de la maleta.
Su polla rechistó, eco directo de las emociones de su dueña. Estaba empapando los pantalones y no se veía capaz de ir desnudo por ahí sin ponerle las manos encima a Bell.
—A la mierda —rugió mientras dejaba la cámara colgando de su cuello y se quitaba la camiseta, los calcetines y los pantalones.
Bell se llevó una distraída mano al coño.
—Ni se te ocurra masturbarte, Bell —la riñó.
—Sigue hablándome con ese tono y no necesitaré tocarme.
—Fuera. Ahora —señaló él—. Te voy a dar un manguerazo de agua fría si no te comportas.
—¿Es eso una promesa?
—Joder, Bell… —suspiró, gutural—. Ya me estoy arrepintiendo.
¿El prometido manguerazo? Hecho. ¿Caminar por un bosque pensado para poder ir sin calzado? Hecho. ¿Fotos que nunca, jamás, enseñaría a nadie? Hecho.
Bell correteó por el bosque, entre los árboles. La vio escalar, saltar rocas y revolcarse sobre el lecho de flores caídas de la primavera.
Una gloriosa visión que no dejó de captar con su objetivo; pero que también disfrutó en vivo y en directo, sin filtros.
«Me voy a matar a pajas con estas fotos», predijo, como si lo viera.
Después de más de quinientas capturas donde Bell terminó llena de hojas, ramitas en el pelo y con una sonrisa tan amplia que solo quería devorarla, dejó la cámara en el deportivo antes de unirse a ella. Corrieron entre los árboles, la atrapó, lo atrapó de vuelta, rodaron por el suelo y jugaron como bestias salvajes en plena primavera.
Se besaron y acariciaron. Pequeños gestos llenos de ternura que le llenaron el pecho y casi sintió que la soledad en la que había vivido siempre era la balanza equilibrándose para lo que iba a ser tener a Bell en su vida.
—Te amo —confesó mientras sacaba una ramita de su pelo.
Era la primera vez que lo formulaba en voz alta, pero lo había pensado varias veces. Se habían dicho «te quiero» muchas veces, pero aquello era algo más profundo, algo más intenso.
—Yo… También. Te amo, Jacques —lagrimeó ella. Su cuerpo siempre traicionando sus sentimientos—. Te amo tanto que a veces solo quiero desaparecer de tu vida para no ponerte en peligro.
—Nunca. ¿Me oyes? Ni se te ocurra abandonarme, Bell. No te vas a librar de mí hasta que me muera.
El amor de su vida frunció los labios y asintió, llorosa.
Jacques posó los labios sobre sus ojos y lamió las lágrimas que no dejaban de salir de ellos. Suave, insistente, tierno y lleno de hambre.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, Bell. Necesito que lo sepas.
Ella asintió con fuerza. Cerraba la boca con fuerza, a punto de estallar en un llanto incontrolable.
Siempre que confesaba todo lo que sentía por ella, Bell se ponía a llorar. A berrear como una niña y a taparse los ojos, como si quisiera taponar todas las lágrimas que salían de ella sin control.
—Te amo, te amo, te amo, te amo, joder —soltó sin dejar de abrazarla.
¿Le ponían las lágrimas de su novia? Sí. Aunque no tenía muy claro lo que significaba aquello exactamente.
La cogió en brazos y la llevó a la cabaña y hacia la ducha. Se aclararon toda la tierra, las flores y las ramas del pelo y del cuerpo. Comieron algo, por si acaso (porque no iba a poner en peligro de nuevo su polla), y lanzó a Bell sobre la enorme y mullida cama.
—Joder, qué ganas de follar en una cama —confesó.
Porque desde que se había mudado a su estudio (un edificio de mierda que iba a renovar poco a poco) solo follaban en el diván por algo que aún no comprendía del todo, pero que era importante para ella. Pero era su maldito cumpleaños y quería disfrutar de ella de una forma diferente.
—Jacques… —gimoteó Bell bajo su abrazo—. Déjame ponerme encima.
—Hoy no, cariño —negó contra su cuello, llenándolo de besos—. Hoy te toca estar debajo. ¿Me dejas?
—Putain, sí… —suspiró ella de vuelta.
Sus uñas en su piel, jugueteando con su vello corporal, lo volvía loco.
Jacques siempre evitaba ponerse encima durante el sexo. Porque no quería intimidar ni asustar a las mujeres con las que había tenido relaciones.
Con Bell… Bueno. Tenía claro que ella no se asustaría de él. De sus necesidades o reclamos.
Lamió la línea de su mandíbula y la besó de nuevo; las manos sobre sus caderas y por los costados. Los jadeos y suspiros de Bell le calentaban la oreja y endurecían su ya palpitante polla. Si se la metía, se correría y ya. Y en la mirada verde veía que ella esperaba mucho más que eso.
Sí. Tenía sus manos y su boca. Pero Bell disfrutaba sentirse llena por todas partes siempre que podía. Le gustaba chupársela y montarlo hasta que le temblaban las piernas. Y eso quería hacerle él.
Así que se sentó sobre el pecho de ella, que tenía las manos en sus pectorales, y apoyó el glande sobre sus labios.
—Abre la boca —ordenó. Una parte de él gritando que estaba loco y escondiendo la cabeza bajo tierra.
Bell obedeció, toda llena de expectativas. Apoyó el pene en su ondulante lengua y se adentró en el calor de su boca poco a poco. Ella sorbía para acelerarlo, para chuparlo y absorber su piel. Pero Jacques la acarició de las mejillas para mantenerla en el sitio.
Llegó al fondo de su garganta con un gemido gutural que amenazaba con hacerlo apoyar todo su peso en ella. Bell debió ver su dilema porque tiró de sus pectorales hacia abajo, como si quisiera que la aplastara. Verde sobre azul, sin hablar, y relajó la postura para sentar el culo sobre sus tetas.
Su novia gruñó de gusto y él empezó a moverse, con las manos sobre el cabezal de la cama.
—Joder, Bell… Me encanta tu lengua —confesó mientras le follaba la boca. Él. Como una maldita bestia en celo—. Eres puro caos, cariño. Y creo que me estoy volviendo loco.
Echó una mano atrás y la masturbó. Los gemidos de Bell, casi gritos, vibraron en su polla y le llenó la garganta de semen. Las piernas de ella pateando el colchón mientras llegaba también al orgasmo.
La observó tragar y tragar, sorber y adorar su polla con la lengua. Los ojos llorosos, el coño espasmódico.
Daba gracias a tener un pene de carne porque a Bell le encantaba jugar con ella en su boca, a la espera de que se volviera a poner dura sobre su lengua. Algo que él también quería para poder follar con ella el resto de la tarde y, después de cenar, la noche.
¿Quién dijo sueño? ¿Quién dijo repasar para los exámenes del viernes?
Aquel era un problema para el Jacques futuro. Este solo quería comerse el coño de su novia y lamer todas y cada una de las curvas, pliegues y hendiduras de su cuerpo.
Lamió sus propios dedos, empapados de ella. La mirada de sus ojos verdes siempre lo hacía estremecerse. Así que, sí, volvía a estar duro como una roca y Bell volvía a atragantarse con su tamaño.
Devolvió los dedos al interior de su vagina y la sintió apretar con cada pequeña arcada y ahogo. Quiso apartarse de ella para que respirara mejor, pero lo retuvo con los dientes en el sitio. Sus iris tan duros sobre él que casi se corre de nuevo.
—Viciosa…
Bell asintió.
—Quiero comerte el coño, Bell. Y si no me sueltas no puedo.
Bell negó.
—Cariño…
Negó de nuevo.
—Por favor…
Cuando suplicaba ella se derretía, literal y metafóricamente. Sintió que se le encharcaba la mano y tragó saliva, con la garganta seca.
—Solo un momento, por favor, y te la vuelvo a meter en la boca.
Bell asintió.
Así que se retiró de ella y se levantó, colocándose en cuatro sobre ella, del revés. Por fin con su clítoris al alcance y ella con su pene sobre la boca.
Sintió las manos de Bell sobre la cadera y lo acogió de nuevo con la lengua. Jacques hundió la cara entre sus piernas y esnifó su coño para colocarse de él. Juntó los labios con las manos y lamió la hendidura mientras ella se estremecía.
Joder. Le encantaba comerle el coño.
Hizo fuerza con las piernas para no aplastarla y clavó los codos en el colchón. Con los dedos en el interior de sus muslos, exploró sus pliegues con la lengua y la penetró con ella, incapaz de no follarse su boca por el camino.
Bell palmeó su culo. Un «slap» fuerte que lo hundió al fondo de la garganta de ella y le arrancó un gemido que reverberó en su coño. Apretó sus carnes entre los dedos y mamó de su clítoris, duro como una piedra.
Otro azote. Sonoro. Su otra nalga seguramente enrojecida.
Se apartó de ella. De golpe. Y no le dio tiempo a quejarse antes de que la colocara bocabajo. Besando los chupetones en su nuca; lamiendo sus marcas en ella.
Se posicionó entre sus piernas y se enfundó un preservativo antes de levantar sus caderas y hundirse en ella. El grito fue bestial y de alivio.
—Putain, Jacques —gimió Bell. Sus embestidas tan fuertes que ella se agarró del cabezal de la cama—. Así. Fóllame duro. Empálame con tu polla, por favor.
Él solo pudo gruñir en respuesta mientras posicionaba su espalda para clavarse en lo más profundo de ella. Una mano sobre su abdomen para mantenerla en el sitio. La otra… En su cuello.
Una parte de él quería apretarla como le gustaba. Pero no se veía con corazón para ello; incapaz de saberse haciéndole daño.
—Te amo, Bell —gimió contra su oído.
—Ah, ah, ah… Joder… —jadeó ella, con las manos apretadas contra el cabezal para no salir despedida de su agarre y chocar.
—¿Quieres que afloje? ¿Te hago daño?
—Ni se te ocurra, Jacques. En serio. Voy a correrme-eh…
Así que bajó la mano de su cuello a su cadera. La sujetó con fuerza, maravillado ante la visión de los dedos hundidos en su carne. Después salió casi por completo de ella y se hundió de golpe.
A veces, de verdad, los gritos y gemidos de Bell parecían de dolor, incluso llantos entrecortados por gemidos. Y al principio se había cagado vivo al respecto, pensando que le hacía muchísimo daño.
—Sí, sí, ¡joder, sí! Joder, joder, jodeeeer…
Entonces Bell estalló sobre su polla y lo apretó tanto que se corrió en respuesta. Joder… Había sido mucho más corto de lo que esperaba, pero si contaba todo el magreo en el bosque en realidad llevaban horas en ello.
«Sí, Jacques. Te mereces una palmadita en la espalda», se sintió orgulloso de sí mismo.
Tiró del preservativo y lo lanzó a la papelera cerca de la cama. «Ahora una siesta. Cenamos y…»
—Otra vez —pidió Bell, con un preservativo en la boca, mientras se sentaba en su regazo.
—¿Eh?
—Nada de «¿eh?» —se quejó ella.
—No creo que se me levante, Bell —admitió.
—Eso se arregla rápido. ¿Puedes traer agua?
—Agua… Sí —asintió lentamente.
Se tambaleó fuera de la cama, con los muslos doloridos. Fue a la cocina y trajo una botella de agua a la cama, bebiéndose él otra.
Bell se estaba masturbando con un aro vibrador, sujeta al cabezal y gimiendo su nombre. Joder… Sí. El cansancio de su polla había desaparecido por completo.
Sin embargo, no se acercó a la cama. Cogió su UZAN de la mesita y abrió la aplicación de cámara.
—Ni-¡ah!-se-te… ocurra —refunfuñó ella.
—Clic, clic —fingió que le hacía una foto.
—Putain… Vale. Sí. Puedes hacerme solo una —jadeó—. Pero antes dame agua.
Jacques abrió la botella y la acercó a sus labios. Así que Bell bebió sin dejar de tocarse. Después echó el resto de la botella sobre su cuerpo mientras se corría de nuevo y se colocó el preservativo y el aro. Las vibraciones hundiéndose en su pene y dentro de su cuerpo.
—Mala influencia… —la riñó.
—Y lo que te gusta —sonrió Bell, triunfal.
—No tienes pruebas.
—No las necesito.
Jacques sonrió y se agachó a besarla mientras se hundía en ella de nuevo, pero Bell se encaramó a su cuerpo y lo hizo tumbarse para estar, al fin, encima.
—Lo siento. No aguantaba más estar debajo —admitió Bell.
—Mejor. Así puedo ser una estrella de mar y dejarme mimar —suspiró él, estirado de brazos y piernas.
—Estúpido —rió Bell, dándole un manotazo en el pecho.
—Y encima me maltratas —fingió él, exagerado.
—Imbécil. —Otro manotazo. Dos. Tres.
—Bell… —gruñó—. Para.
—Parado estás —sonrió ella—. Te palpita la polla cuando te pego, Jacques.
—No significa que me guste.
—A tu polla, sí.
—Mi cabeza prevalece sobre mi polla, así que nada de pegarme.
—Vaaaale.
Bell se agachó contra su pecho y empezó a llenarlo de besos. Jacques se lo temía, y efectivamente le dio un mordisco en el pezón.
—Ya está. Se acabó —cortó él, sonriendo—. Estás demasiado agresiva y no quiero acabar sangrando. Así que a comer algo.
Dicho esto. Se la quitó de encima y se la echó al hombro para ir a la cocina.
—No tengo hambre… —se quejó ella, pataleando como una niña.
—Una mierda, Bell —gruñó—. La última vez que te creí casi me haces un piercing en la polla. ¡Qué digo! Me pusieron putos puntos. —El dolor de dos meses atrás aún lo estremecía—. Así que lo siento pero no te creo. Vamos a comer, a relajarnos un rato y ya veremos.
Bell no contestó. Solo soltó un largo bufido seguido del retumbar de su estómago.
—¿Ves? Tu cuerpo es más listo que tú.
Esta vez, Bell chistó. Le arañó la espalda y él le palmeó el culo para que se estuviera quieta. Entonces recibió un bocado cerca de la nuca y la cogió de debajo de los hombros para apartarla de su cuerpo.
La mirada de ella estaba cargada de intenciones.
—Como me patees los huevos te juro que hoy duermes en el sofá y no te despierto mañana comiéndote el coño.
Los ojos de ella se entrecerraron. En serio. ¿Cómo podía volverse tan…? Ah. Eso. Animal con hambre.
—Quiero un beso —espetó, de morros.
—Te lo doy si prometes no arrancarme la boca con los dientes.
—Yo no haría eso.
—A propósito, no. Pero podrías hacerlo.
—Capullo…
—Prudente, más bien. Creo que me sangra la espalda.
—Beso…
Jacques suspiró, divertido. Plantó los labios en la nariz de Bell y esta lo agarró de la cara para comerle la boca. Sus dientes apretando y reclamando, ansiosos y voraces.
Así que, sí, se llevó un bocado en la lengua que lo hizo sangrar un buen rato. Y se estremeció cuando ella le dijo que su sangre era muy dulce.

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