
Con esta última escena termino el ciclo del primer año de cumpleaños de mis personajes. Mi querido Reiji, mi shadow daddy en cuerpo de eterno adolescente, tus cumpleaños siempre han sido un recuerdo de que el tiempo pasa para todo el mundo mientras tú te quedas atrás, pero no todos han sido malos. Para muestra, un botón. Porque las historias agridulces siempre te han acompañado allá donde fueras.
AVISO: Este capítulo especial NO contiene spoilers de «Loba con piel de cabra» ni ninguna otra novela de DarkWalkers.
El timbre, el único ruido del exterior que podía entrar en su habitación, resonó en su cabeza y parpadeó pesadamente. Aún seguía abrazado a la botella vacía de sangre de dragón. La nota entre sus dedos, perfectamente doblada e intacta.
Trastabilló fuera de la cama y lo dejó todo sobre el escritorio antes de bajar al salón a abrir la puerta. Allí, un ASI le dejó en las manos una caja y entró en el piso. Sin firma. Sin identificarse.
Algo extraño. Más cuando el paquete no tenía remitente.
—¿Quién era? —quiso saber Morgan desde la pasarela.
—Al parecer, un paquete para mí —respondió mientras subía las escaleras de nuevo. El ASI se había desconectado y permanecía en el suelo al no encontrar una estación de carga.
Apretó la mandíbula al ver su nombre en una escritura que llevaba tiempo sin ver. Menos, escrita a mano.
—¿De quién? —curioseó Joe—. ¿Otro ex?
—Uno: Ese cabrón no es mi ex —chistó—. Y dos: No. Es de mi familia.
Morgan arqueó ambas cejas y retrocedió un paso. Volvió a mirar la caja y después subió los ojos a los de Reiji.
—¿Cómo? ¿Sabes la de pseudos que tiene la reina vigilándonos para que no puedas ponerte en contacto con Japón?
El cuervo miró el paquete. Pequeño. Pesado. Parecía haber cruzado medio mundo arrastrado por el suelo. Incluso el bot que lo había traído parecía en mal estado…
—Creo que lo ha traído ese ASI hasta aquí, como una petición personal, desde Japón. O quizá han modificado su sistema operativo.
—No jodas… —silbó Morgan, con la vista en el bot—. Le habrá costado semanas llegar.
—Supongo que por eso ha llegado un día tarde y está hecho mierda —suspiró Reiji—. Voy a mi cuarto a abrir esto. Puedes volver a dormir.
—Vale… Pero no hagas ninguna tontería. Recuerda que, si la cagas, tú vuelves a tu celda y yo al palacio.
—Lo sé. No te preocupes —intentó tranquilizarlo. Aunque no consiguió curvar los labios en una sonrisa. Su yo humano estaba demasiado centrado en el paquete.
Entró a su cuarto y cerró la puerta tras de sí. Se sentó frente al escritorio y dejó la botella vacía y la nota en un cajón. Después, le quitó el polvo a la caja con un pañuelo antes de desenvolverla con cuidado y abrirla.
Dentro descansaba la empuñadura de una katana. Nueva. En la tapa trasera, el kamon de la familia Yamada: tres hojas de sasa unidas en perfecta simetría dentro de un círculo negro. Bajo la guardia, un código alfanumérico propio de las fabricaciones de la empresa familiar junto con el nombre del producto: «Shichiseikintō». «Espada de los siete metales sagrados».
Cogió la empuñadura con los dedos y la identificación de su muñeca parpadeó varias veces. Se estaba conectando a la katana.
Se levantó de la silla e hizo sitio antes de blandirla. Un movimiento de desenvaine medido y sencillo que desplegó la hoja irisada frente a sus ojos. Elegante, bien equilibrada. Imitó el movimiento de envaine y se plegó casi al instante. Así que podía llevarla colgada del cinto sin llamar prácticamente la atención.
La desplegó de nuevo y la colocó sobre la mesa para observarla bajo su lupa de aumento. La empuñadura era resistente y parecía hecha para sus manos. La hoja, por otra parte, la habían fabricado con nanotecnología, o quizá de forma artesanal. No lo tenía demasiado claro.
Los hilos de los que se componía el filo se veían minúsculos, entrelazados entre sí siguiendo un orden exacto de oro, platino, hierro, plata, cobre, plomo y estaño. Una obra maestra hecha únicamente para él.
Reiji recordaba que a otō-sama siempre le habían gustado las katanas. Algo que arrastraba desde su época de ronin, cuando era manav. Las coleccionaba, pero conocía el método de fabricación y, cuando era pequeño, le había prometido que crearía una para él.
De aquel día habían pasado ciento treinta y cuatro años. Ciento-treinta-y-cuatro. ¿Cuánto llevaba sin ver los rostros de okā-sama y otō-sama? Más de ciento veinte años seguro. Y él acababa de cumplir ciento cuarenta y dos.
La cifra le pesó en el estómago. O quizá la sangre de dragón aún hacía de las suyas en su organismo. Su yo rakt permanecía dormido en una parte de su cabeza y su yo humano lo zarandeaba de los hombros con una idea. Una maldita idea que podía costarle la vida que tenía ahora, y a Morgan. «No puedo joder a Morgan», se recordó. «No lo joderás si lo haces bien».
Chistó a la nada.
Hizo rotar la silla de un lado a otro.
Miró su terminal y después hacia la puerta.
Sabía que podía colarse en los sistemas DarkWalkers para averiguar el tipo de vigilancia que la Reina Rakt tenía sobre él. Y con esa información hacer una llamada. No… Necesitaba verles.
Adelantó la silla y abrió el terminal. Se coló en la cuenta de su hermano para asegurarse de que no estaba en la torre Yamada ni cerca. Después, sorteó la seguridad del sistema DarkWalkers tal y como había hecho tantos años atrás para revisar su condena. Tenía la identificación intervenida, por supuesto. Pero para ocasiones como aquella tenía su otra cuenta. Una falsa.
La sacó y la conectó. Seguramente su familia tenía vigilancia también así que llamaría a recepción y de ahí que lo transfirieran. Veinte minutos… No. Mejor diez. Solo diez.
Encendió el temporizador y esperó mientras se hacía su ya habitual cola alta. ¿Por qué llevaba una trenza? Kuso… Su maldito impulso lo había hecho llamar sin siquiera ponerse un traje o su habitual jinbei. ¿Qué pensaría otō-sama si lo viera en chándal y camisetas de tirantes?
—Buenas noches, señor. —Un recepcionista le ofreció una reverencia en la pantalla. Después lo miró y pareció reconocerlo. O no. Leer los pensamientos a distancia habría estado muy bien—. ¿En qué le puedo ayudar?
—¿Está el señor Yamada aún en su despacho? Quisiera hablar con él.
—¿Y usted es…?
—Solo dígale que le llaman desde París, por favor. Sabe quién soy. —Sin nombres, mejor.
—Entendido. Un momento, por favor.
Lo dejó en espera y el tiempo corría. ¿Bastaría con aquello? ¿Supondría Soichiro Yamada que era su hijo quien lo llamaba desde París? Conocía el número de la casa y el suyo privado pero//
—Le paso con el despacho del señor Ueda —resumió el recepcionista. Y antes de que pudiera responder ya tenía delante la pantalla de transferencia.
Chistó. Ni puta idea de quién era el señor Ueda pero no podía perder más el tiempo.
Miró su regazo y suspiró. Apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos y se clavó las uñas en las palmas. ¿Colgaba y se arriesgaba a llamar al ático?
—Reiji…
Llevaba tanto tiempo sin escuchar su voz que no pudo mirarlo a la cara. Porque ya no era su hijo Reijiro de diecinueve años, sino un exconvicto en libertad condicional. Demasiado tiempo, demasiadas vidas. ¿Qué le decía que su familia no había seguido adelante si él?
—Hijo, mírame —pidió Soichiro.
Pasó la vista de su regazo al teclado. Del espacio a la ge, de la ge al siete. Del marco de la pantalla al traje que su padre siempre llevaba, incluso en casa. De la camisa a la corbata; de la corbata a su mandíbula y la carencia de sonrisa.
Escuchó el retumbar de unos pasos al correr y un kimono celeste apareció en pantalla.
—Reijiro! Reijiro! —voceó okā-sama, aferrada a la pantalla como si quisiera atraversarla.
Sus ojos de ámbar, los que él había heredado, lo miraron, observaron, escrutaron y analizaron a través de la imagen. Debería haberse vestido mejor, haberse lavado la cara o incluso ducharse antes de llamar.
—Estás bien? Ahora llevas el pelo largo. Estás más guapo. Dime algo. Se ha congelado la imagen? Soichi. Soichi!
—Hiromi, por favor —intentó tranquilizarla otō-sama—. Creo que Reiji necesita un momento.
—Okā-sama… —consiguió decir, con los labios temblando.
Su madre, sentada ahora sobre las rodillas de su padre, se aferró a las manos de su marido y parpadeó varias veces. Las lágrimas cayeron por sus mejillas aun con una sonrisa cálida que llevaba décadas sin ver.
—Sí, Reijiro. Estamos aquí —asintió Hiromi con la voz entrecortada.
—Ore… —intentó decir, pero se le cortó la voz. Miró el temporizador y supo que no podía perder el tiempo—. Lo siento tanto… No debería haberme ido de casa. Fui un imbécil y la cagué. Lo siento. Lo siento mucho…
Pegó la frente al escritorio, con las manos sobre la madera. Les había dado la espalda y no merecía que lo miraran como antes, como cuando era el hijo perfecto y lo querían y cuidaban de él.
El silencio se le hizo insoportable, incapaz de mirar hacia otō-sama y okā-sama. Se levantó lentamente sin apartar la vista del temporizador.
—Comes bien? —preguntó su padre al fin.
—Hai.
—Duermes bien? —quiso saber su madre.
—Hai… A veces.
—Y el trabajo? —se preocupó Soichiro.
—Me tratan bien. Son buena gente. Incluso vivo con un compañero de trabajo —intentó sonreír.
—Necesitas algo de casa? —ofreció Hiromi.
—No… Quiero terminar con esto y volver a Japón —admitió, obligándose a no parpadear.
—Tu habitación sigue tal y como la dejaste —le explicó su madre.
—Siempre puedes volver a casa. Cuando quieras —añadió su padre.
—Gracias… De verdad. Lo siento. —Miró de nuevo el temporizador— . Tengo vetado todo contacto con mi familia así que tengo que colgar —confesó, decaído—. Volveré a llamar cuando sea seguro.
—Pregunta por el señor Ueda y sabremos que eres tú —indicó otō-sama—. Sabes nuestro horario?
—Sí. Lo sé. Podéis… no decirle a Yuki que he llamado? —pidió—. No quiero que la reina lo utilice en mi contra. —Apretó la mandíbula y casi maldijo—. Os juro que haré lo que Eleanor quiere y volveré a Japón. Odio París.
—Siempre estaremos aquí para ti, Reiji —sonrió su padre. Una expresión que habitualmente solo dedicaba a okā-sama.
—Te queremos —añadió okā-sama.
Y colgó.
Subió los pies a la silla y se abrazó a sus piernas. Hundió la cara en el hueco y, en su soledad, gritó. Fuerte, hasta desgarrarse la garganta. Había perdido tanto en todos aquellos años que toda la nostalgia de la noche anterior fue opacada por el odio. A la maldita serpiente y al cabrón del zorro. A esos dos malnacidos y embusteros que habían jugado con él para tenerlo donde querían y se habían adueñado de sus creaciones.
Se quedó allí hasta que le dolió la cabeza y se sintió hambriento. Dejó la Shichiseikintō sobre el escritorio y salió de su habitación.
Morgan estaba abajo, frente a la puerta del balcón. La tenía entreabierta y su piel no parecía dañarse con los pocos rayos de luz que entraban.
—Yo solo puedo hacer eso con la puesta de sol —observó. Un recuerdo empezó a bailar en su mente y lo descartó—. ¿Qué haces?
—¿Tú te dejaste esta puerta abierta anoche? —le preguntó Joe—. Juraría que estaba cerrada.
—¿Crees que un espía de Eleanor se ha colado en el piso? —se extrañó.
—A saber…
—Pondré cámaras de seguridad en el salón —decidió mientras hacía el pedido con su cuenta falsa—. ¿Has desayunado?
—Ahora iba.
Morgan cerró la puerta y lo siguió a la cocina. Se hicieron con un par de botellas de sangre sintética y se sentaron en la isla a beber.
—¿Qué tal tu familia? —preguntó Joe.
—¿Cómo sabes que les he llamado? —se sorprendió.
—¿Les has llamado? —Ojiplático, Morgan casi se atraganta con la sangre—. Pensaba que el paquete iba una carta de al menos veinte páginas con el rato que has estado en tu habitación. ¿Estás seguro de que no se enterará la reina?
—Solo han sido diez minutos. No te preocupes —juró mientras se bebía la botella de un trago y cogía otra—. ¿Sabes lo que son las cartas? Cuando yo nací prácticamente ya nadie las escribía.
—Soy del 2021. Nací en plena pandemia —recordó Joe—. Pero mi abuelo siempre nos mandaba cartas a mi madre y a mí.
—¿No quieres volver? A Senegal —curioseó Reiji.
—No me queda nada allí, ¿por?
—Cuando acabe con la misión quiero volver a Japón —confesó con un suspiro—. ¿Te vendrías conmigo? Te compro un piso donde quieras.
—Para eso aún falta mucho, Reiji —sonrió Morgan—. Pero no me parece mala idea. ¿Me enchufarás en alguna de tus empresas?
—¿Sabes hacer algo más aparte de psicoanalizar a la gente? —arqueó una ceja en respuesta.
—Nunca es tarde para aprender, dicen. Hasta hace unas semanas no sabía rellenar un informe de detención —se encogió de hombros el otro.
De nuevo, el silencio. Aunque con Morgan podía quedarse allí eternamente sin llegar a sentirse incómodo.
—¿Estás bien? —le preguntó el de ojos rojos.
Miró a Joe y lanzó las dos botellas que se había bebido a la recicladora.
—¿La verdad? No. —Apoyó el codo en la mesa y se cogió la frente con los dedos—. He perdido cien años de mi vida en una maldita celda y ahora aún me quedan otros cien bajo los caprichos de una psicópata.
—Pero has podido seguir inventando maravillas como esta —lo consoló Joe, alzando la botella de sangre sintética.
—Una parte de mí sigue anclada en el 2051. Los recuerdos anteriores a mi encierro me persiguen y me acosan. No duermo bien y se me exige encontrar a los dos mejores DarkWalkers así de la nada si no quiero volver a la sombra o, peor, que me envíen a mi familia en una caja convertido en carne picada.
—Te ha caído un buen marrón —admitió Morgan.
—Me han hundido en la mierda y no me dejan subir a coger aire —concretó con un largo suspiro.
—¿Necesitas un abrazo? Ya sabes. De esos que curan.
—Mierda… ¿También te contó eso? —Su yo humano sacó del baúl de los recuerdos la memoria adecuada y la ondeó en su mente, lleno de nostalgia.
—Tu ex me contó muchas cosas —se encogió Joe de hombros—. A ese hombre le encanta hablar.
—Puede pasarse horas y horas soltando mierda aleatoria por la boca —suspiró, sin poder evitar reír—. Morgan…
—¿Sí?
—¿Él me llamaba así? ¿Su ex?
—Siempre dudaba antes de decirlo y una vez confesó que si lo oyeras le darías un cabezazo. Pero sí. O por tu nombre.
—Lo hubiera hecho, sí. Para reventarle la nariz y llenarle la cara de sangre —admitió.
Joe se levantó de su taburete y rodeó la isla para colocarse a su lado.
—Va. Ven aquí y borra esa cara de amargado que llevas —mandó, con los brazos hacia él.
—Habló el estoico.
—Esa es mi cara y no encaja con mi personalidad. A ti parece que te guste cumplir con las expectativas y doblar la apuesta.
Morgan lo rodeó con fuerza y sintió que le crujían todos los huesos del cuerpo.
—¿Quieres matarme? —gruñó.
—Te estoy dando un abrazo. No seas capullo.
—Un abrazo de oso hambriento… ¿No decías que a ti eso del sexo ni fu ni fa?
—Que no me interese ese tipo de contacto físico no significa que no me apetezca un abrazo de vez en cuando —le chistó Joe—. Así que venga, devuélvemelo que esto no es gratis.
Reiji bufó, pero rodeó a Morgan por encima de la cintura, ahora ambos en pie. Giró la cara para no hundirla en sus pectorales y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Eres un buen tío, Morgan.
—Lo sé. Y por eso la próxima vez que te regalen una botella de sangre de dragón la compartirás sin rechistar en vez de pelearnos como idiotas y acabar hechos mierda.
—Eres un puto interesado, cabrón —rió Reiji, apartándose de él y dándole un codazo.
—Yo no tengo la culpa de que tú tengas un ex y una familia que te mandan regalos por tu cumpleaños.
—Que no es mi puto ex. Kuso… —bufó de nuevo—. Y si tantas ganas tienes ya te compraré yo algo por tu cumpleaños, pesado.
Morgan sonrió de oreja a oreja. Meció su pelo y volvió a su asiento.
—Te queda bien la trenza —observó el de ojos rojos mientras seguía bebiendo de su botella.
—¿Viste cuándo me la hice? Me he despertado así.
—Ni idea. ¿Tan borracho ibas que no te diste cuenta cuándo te cambiaste de ropa y te peinaste?
—A saber… Creía que me había ido a la cama tal cual.
—Pues tuviste que ducharte o algo antes porque tampoco hueles a las vecinas esas que te tiraste antes de empezar a beber.
—No es la primera vez que mezclo sangre de dragón y filtro —se extrañó—. No sé por qué me subió tanto.
—Bah. Qué más da —desestimó Morgan—. ¿Qué iba en la caja? ¿Qué te han mandado desde Japón?
—Nada a lo que le puedas echar el guante —bufó Reiji. Joe lo miraba con una ceja arqueada—. Es una katana plegable hecha con siete metales que me permiten matar a prácticamente cualquier deevah —confesó, cansino—. ¿Contento?
—Vaya… —silbó el otro—. Nunca he usado una katana.
—Está enlazada a mi identificación —le explicó, con la mano derecha en alto—. Así que va a ser que no.
Morgan chistó y Reiji sonrió.
—Capullo —lo maldijo Joe.
—Es mi lenguaje del amor —se mofó de él.
—Oh. Vaya. ¿Desde cuándo eres gracioso?
—Siempre lo he sido —arrugó un hombro—. Eres tú el que no lo entiende.
—Tu sentido del humor está tan atrofiado como tu sentido del tacto, Reiji —terció Morgan—. Háztelo mirar.
Dicho esto, Joe salió de la cocina y lo dejó allí solo. Reiji chistó y se sacó la UZAN del bolsillo para ver la hora.
Pronto. Muy pronto. Aún podía invertir dos o tres horas en modificar el ASI con el que había llegado la katana. Porque suponía que era irrastreable; que estaba fuera del sistema. De lo contrario su sistema le hubiera avisado de un comportamiento anómalo en uno de sus bots al hacer un viaje tan largo.
Reiji entrelazó sus dedos y estiró los brazos por encima de su cabeza. Miró hacia el exterior desde la ventana de la cocina y se visualizó en la vida que siempre había querido. Para volver a Japón, pasar página y olvidarse se los últimos ciento trece años, solo tenía que darle a la Reina Rakt lo que quería: Louis Foster, Heather Foundling, Gabriel De Noir y una híbrido.