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Lorena S. Gimeno

Compañeras de cuarto ~Septiembre de 2168~

Mireille es la mejor amiga de Bell. Se conocieron en la universidad y, desde entonces, son inseparables. Quien las vea desde fuera es incapaz de comprender qué tienen en común estas dos mujeres. Lo descubrirás en esta escena inédita, «Compañeras de cuarto». Una escena que sucede ocho años antes de los acontecimientos de «Loba con piel de cabra».


El septiembre de París no era demasiado diferente al de Cornwall, así que Bell se sintió a gusto con la temperatura de campus. Sin embargo, había mucha más gente allí, de una edad similar a la suya. Se sintió pequeña, una más del montón. Y le encantó.

Porque allí no tendría que temer quién la viera hacer qué, estar con tal o cual. Nadie le diría a sus madres que la habían visto enrollarse con alguien en el bosque ni tendría que coger un tren para sentirse viva. Las miradas con las que se había cruzado de camino a la residencia se lo dejaban muy claro.

En unos días empezaría las clases de su grado en «Interpretación de Lenguas e Idiomas». La semana siguiente, estaría un paso más cerca de su objetivo.

Su habitación estaba en la cuarta planta. Miró el ascensor. «Antes muerta». Cogió una maleta con cada mano y tardó bien bien media hora larga en subir las escaleras.

Cansada, sudada, acercó la mano al lector del que sería su cuarto los próximos cinco años o menos y escuchó gemidos. «¿Estoy oyendo cosas?». Agudizó el oído y acercó la oreja a la puerta.
Sí. Sin duda alguna eran gemidos.

Se lo pensó tres segundos y pasó su identificación por el lector para entrar. Metió las maletas y cerró la puerta tras de sí para que nadie viera lo que pasaba dentro.

Las luces estaban encendidas y una joven de más o menos su edad estaba sentada en la cara de otro universitario. No llevaban nada de ropa y cruzó mirada con ella. Le gustó su pelo rizado y rapado a medias, de color violeta.

—Perdona… ¿Qué haces? —alucinó la mujer mientras el otro le comía el coño.

—Solo vengo a dejar las maletas y ducharme —explicó—. Seguid a lo vuestro. Yo necesito quitarme el olor de siete horas de viaje en tren.

Dejó las maletas en el que sería su lado de la habitación, sacó el neceser y se metió al cuarto de baño compartido. Necesitaba esa ducha y la disfrutó. No solía invertir más de diez minutos en ello, pero por respeto a su compañera de cuarto se entretuvo más de lo habitual.

Cuando salió, tapada con una toalla, el tipo ya no estaba y su compañera comía pizza desnuda en su cama.

—¿Quieres? —ofreció la de ojos cacao.

—Claro. Gracias —sonrió mientras se sentaba a su lado—. Soy Bellatrix Mallet. Bell.

—Mireille Leleu. Puedes llamarme Miri, Trix.

—¿Os he cortado el rollo, Miri? —temió. Se le hizo extraño que la llamara «Trix». Nunca la habían llamado así.

—Para nada. Se ha puesto cachondo al saber que podías oírnos. ¿Se nos oía desde el lavabo?

—¿La verdad? Sí. —No quiso admitir que se había masturbado en la ducha mientras les escuchaba.

Mireille se metió lo que le quedaba del pedazo de pizza en la boca y sonrió. Se cogió otro. Bell se aferró a la toalla que le tapaba la cicatriz del pecho.

—¿Crees que te voy a atacar, Trix? —arqueó una ceja la otra.

—No… Es que tengo una cicatriz y no me gusta como me mira la gente cuando la ve.

—¿Con pena? ¿Como una heroína?

—Ambas.

—¿Puedo verla?

—¿Para qué?

—Curiosidad. Antes parecías querer unirte a la fiesta pero no has dicho nada.

Tragó saliva y desvió la mirada. Sí que le hubiera gustado montárselo con la pareja nada más entrar. Pero las posibles preguntas ante su desnudez la habían detenido. Eso, y que no se veía capaz de soportar más de una mirada sobre su cuerpo.

Bell suspiró y abrió la toalla para enseñarle a Mireille la enorme cicatriz descentrada de su esternón. Ocupaba desde la parte superior del pecho hasta el diafragma.

—Sí que es grande, sí —observó la del pelo violeta—. ¿Puedo tocarla? ¿Te duele?

—La tengo desde los ocho años. No me vas a hacer daño si la tocas.

Miri siguió la piel zurcida con el índice. La de ojos verdes no quiso mirar.

—¿Te operaron del corazón o de los pulmones?

—Del corazón. Llevo uno sintético.

—¿Eso es bueno o malo?

—Mis madres temen desde siempre que me pase algo si hago esfuerzos… Y supongo que yo también tengo miedo.

—Qué mierda.

—Una bien grande —sonrió con lástima mientras se tapaba de nuevo.

—¿Qué vas a estudiar? Yo publicidad.

—Idiomas. Quiero ser traductora de textos de antes de la gran guerra y trabajar en la editorial Lafayette

—explicó mientras sacaba ropa limpia de la maleta y se vestía.

—¿De dónde eres? Siete horas en tren parece lejos.

—De Cornwall, Inglaterra. ¿Tú eres de aquí?

—¡Qué va! Soy de Cahors, al sur. Aunque he venido en avión y no en tren. ¿Qué te gusta hacer, Trix?

—¿A qué vienen tantas preguntas?

—No sé… Vamos a ser compañeras de cuarto hasta que acabemos la uni o decidamos vivir por nuestra cuenta. Quiero saber si vamos a ser amigas o tenemos que fingir que no existimos la una para la otra. No quiero malos rollos.

Bell cogió otro pedazo de pizza y pensó:

—Me gustan las películas y las series de animación asiática, el tecno, la salsa, los idiomas y leer.

—¿Novela histórica?

—Si cuenta «Diario de Fray Louis»… Suelo leer fantasía y erótica.

Miri bufó.

—¿Y la repostería qué? ¿Sabes cocinar?

—Sé cocinar y como de todo. ¡Ah! He traído bollos de azafrán. Son una especialidad de mi pueblo. ¿Quieres?

—Siempre tengo hueco para el postre.

Bell aplaudió y sacó los bollos de la otra maleta. Los colocó en la mesa baja junto a lo que quedaba de pizza y comieron mientras seguían hablando y buscando intereses comunes.

—Esta noche hay una fiesta cerca. ¿Te vienes? Lo que, si ligamos, nos turnaremos para usar la habitación. No me gusta follar con público.

—A mí tampoco, la verdad. Por eso nunca he hecho un trío.

—¿En serio? Mira. No me gusta presuponer porque cada cual esconde una cosa o dos pero… ¿Follas mucho, Bell?

—Define «mucho». —Se miraron la una a la otra.

—Mira… Ya tenemos algo en común. ¿Tienes preferencias de cuerpos o te da lo mismo?

—Si vamos a ser amigas, prefiero que no nos liemos, Miri —puso el límite.

—Bien. Perfecto. Y si alguna vez nos interesa la misma persona… ¿Cara o cruz?

—Hecho. ¿Cuándo es la fiesta? ¿Está lejos?

—Pues en un par de horas. Está a cinco minutos andando.

—Voy a dormir un rato, entonces. Estoy reventada del viaje.

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