Sinopsis
Un boleto de lotería lo cambió todo.
Cinco protagonistas, cinco obstáculos. Maite afronta un embarazo sin trabajo. Gerard sueña con otra vida atrapado en la precariedad. Laura, a sus sesenta, busca reinventarse frente a la soledad. Lur se enfrenta a sentimientos que no sabe definir. Y Aria solo quiere un hogar donde poder ser.
«Todo lo que necesito decirte» es una novela coral de ficción contemporánea que explora la maternidad, los vínculos familiares, la diversidad y un erotismo honesto. Una historia actual y emotiva que muestra cómo la comunicación es la clave para sostener los lazos que nos definen.
Ideal para quienes buscan literatura de personajes, novela actual con conflictos cotidianos y relatos que hablan con sinceridad de cómo nos relacionamos.

1. Maite
[8 de marzo
Balance de cuenta: 1689€]
A eso aún tenía que restarle el alquiler, la luz, el agua, el gas, la comida… Además, a partir del mes siguiente, el ingreso neto mensual bajaría otros doscientos euros.
Embarazada de 12 semanas, desempleada y con un paro de mierda porque la tenían contratada por días. Maite miraba la pantalla del móvil con expresión cansada mientras aún permanecía en la cama. Miró hacia abajo, a su barriga, y en su cabeza empezaron a hacerse cálculos de lo que les costaría mantener una nueva vida. Ya tenía instaladas varias aplicaciones de venta de segunda mano y tenía planeado ir comprando las cosas poco a poco. Les quedaban unas veintiocho semanas. Que se decía pronto y sonaba lejos, pero luego el tiempo pasa como pasa.
Se recolocó las gafas y soltó un largo suspiro. Recordaba con amargura cómo Cristina (la maldita Cristina) la había mirado en la oficina cuando le sonó la alarma del yodocefol y se lo tomó de la forma más natural del mundo. No tenía pruebas de que había sido ella la que se lo había contado al jefe y había provocado que la despidieran, pero tampoco dudas. Cristina y ella tenían un puesto temporal, y sabían que pronto una de las dos pasaría a tener un contrato de jornada completa.
Maite suponía que ese puesto ahora era de Cristina. Tampoco se había interesado mucho en averiguarlo. Su único interés en el momento fue denunciar a la gestoría por despido improcedente. La cuestión es que no había tenido pruebas para demostrarlo.
Recordaba, con aún más amargura, cómo al encarar a su jefe este le dejó caer (siempre con palabras medidas y ambiguas) que era imposible saber que estaba embarazada por su complexión.
Al final, lo único que había conseguido eran ocho mil euros por callarse y no llevar el caso más allá. «Algo es algo», se dijo a sí misma. Aún no los tenía en la cuenta pero no tardarían mucho. Y al final seguía viéndose con el marrón de volver a encontrar trabajo, lo más estable posible, antes de que se le empezara a notar la barriga de verdad.
—Mira qué me he puesto de fondo de pantalla.
Gerard, su pareja y compañero de vida, colocó su móvil entre el de Maite y sus ojos. De fondo de pantalla, la primera ecografía de su bebé, que había sido el día anterior. Maite miró la sonrisa radiante de él bajo las marcadas ojeras y sonrió antes de responder:
—Nuestro limón…
—Nuestro limón.
Con ternura, como todo lo que hacía él, le quitó el móvil de las manos y dejó ambos sobre la mesita de noche tras ponerlos en modo avión. Al hacerlo, la miró con picardía.
Por suerte para ella, no había tenido nauseas matutinas de momento (y cruzaba los dedos). Lo que sí había tenido era mucho sueño… y muchas ganas de mimos. Y Gerard estaba encantado con ello. Aunque ella estaba segura de que estaría encantado con cualquier situación que se les presentara mientras la pasaran juntos.
Le quitó las gafas con suavidad y las dejó en su funda. Acarició su cara y besó su frente. Después los párpados, la nariz, las mejillas y los labios. La ternura de Gerard siempre la colmaba desde el primer beso, suave y cálido. Y sus manos la hacían sentirse valorada y querida.
La abrazó con la fuerza justa, sin apoyar su peso sobre el abdomen de ella, y profundizó en el beso con la lentitud propia de quien podría tener toda la mañana libre. No era el caso, pero sabían bien cómo aprovechar cada momento que pasaban juntos.
A Maite le gustaba la puntualidad, el compromiso y la organización. Y Gerard era todas esas cosas y más. Era ternura, calidez, entrega, compasión, amor… Se conocían desde el instituto y, aunque sonara cliché, eran el uno para la otra. Entonces, él vivía con su abuelo porque sus padres habían muerto en un accidente de coche. Y ella solo tenía a su padre, porque su madre había desaparecido de sus vidas para vivir otra distinta. Ahora, llevaban juntos quince años y eran su única familia con vida. Pronto, serían tres.
Estos pensamientos anidaron en forma de lágrimas en los ojos de Maite. Porque a veces los abrazos de Gerard desenterraban los recuerdos, o quizá eran las famosas hormonas del embarazo. Decidió guardarlos de nuevo donde debían estar, debajo de los recuerdos felices de su vida juntos. Porque no quería perder esa hora que se reservaban por la mañana para hablar, abrazarse y, si apetecía, algo más.
—Te quiero, Gerard Santos —dijo su nombre completo ella mientras le cogía la cara entre las manos. Las mejillas de él estaban recién afeitadas y ligeramente pegajosas.
Sabía que, cuando lo llamaba así, con la voz cargada de ansias de él, ese «te quiero» significaba amor, pero también lujuria. Y él se sonrojaba en respuesta, con su cara de niño bueno y dulce, pero con los ojos repletos de deseo.
—Maite Rodriguez… —aspiró, cubriendo las manos de ella con las suyas—. Tú sí que sabes como ponerme duro.
El siguiente beso empezó con la boca abierta. Las lenguas se encontraron antes que los labios. Gerard deslizó las yemas de los dedos por las manos de Maite y subieron por sus brazos hasta su cuello y cabeza, donde la hizo gemir al apretar su craneo justo donde a ella le gustaba.
Se conocía cada parte del cuerpo de ella. Y ella se conocía el de él. Habían tenido mucho tiempo para descubrirse mutuamente, erotizarse y encontrarse los puntos más sensibles. Aunque la sensibilidad de Maite había aumentado últimamente.
Por eso, con menos presión de la habitual, él bebió de los gemidos de ella mientras acariciaba y masajeaba cada parte de su cuerpo. De la coronilla a la nuca, después al cuello y los hombros. La agarró de los pechos y se escapó un grito entre ellos. Eran suaves y blandos, con los pezones duros, y quiso sentirlos en la lengua.
Terminó el beso dejando un hilo de saliva entre las bocas antes de recorrer con la lengua su cuello, clavículas y esternón. La desvistió con la maestría propia de la repetición. Fuera camiseta, fuera pantalón. E hizo lo propio con su pijama. No les gustaba usar ropa interior en casa.
Abrió la boca y acogió el pecho izquierdo mientras deslizaba las manos hacia su espalda y la abrazaba con fuerza. Su torso, lejos del abdomen de ella, hacía que su pene quedara colgando y rozara son la punta el muslo de Maite.
Acarició con la lengua el pezón, hizo vacío y sorbió. Maite se agarró de sus hombros y le clavó las uñas mientras gemía. Esa Maite, tan sensible, lo estaba volviendo loco, y a veces se preguntaba si era un cambio permanente. A veces, fantaseaba con ello. A veces, echaba de menos a la anterior Maite. Luego, se recordaba que todas ellas eran, en efecto, la misma.
Bajó una mano por su espalda. Deslizó los dedos entre las nalgas y sintió su humedad. Ella se arqueó y colocó la cadera para que le metiera los dedos.
—¿Tienes prisa? —preguntó él, con la respiración agitaba. Porque lo ponía a mil ver lo mucho que disfrutaba ella de aquello.
—Solo… Métemela —resolló ella.
A veces, Gerard se sorprendía a sí mismo queriendo torturar a Maite. Él, que siempre había sido más de los que sirven que de los que toman, se encontraba siendo posesivo y egoísta en momentos como aquel.
Agarró ambos pechos con las manos y mordisqueó su abdomen mientras bajaba. Maite se tapó la boca con un brazo mientras lo agarraba del pelo. Se desvió hacia un costado, hacia la cadera, y un tirón lo recondujo hacia abajo. Después besó su ombligo y su pubis. Al llegar frente a sus labios, expiró, y el calor de su aliento la hizo retorcerse.
A Maite se le escapaban palabras de placer entre los gemidos. Y estas quedaron inconclusas cuando la lengua de él penetró entre los labios para encontrarse con su clítoris.
Sin más, llegó al orgasmo. Y él bajó la lengua para sentir esa humedad especial que salía de ella cuando se corría. Dulce, espesa… Si se hubiera frotado contra su muslo, podría haberse corrido también.
Un tirón de pelo lo llevó hasta su boca, donde se alimentó de sus jadeos.
—Métemela ahora —casi ordenó Maite. Y él, como siempre, le dio lo que quería.
Su pene se deslizó entre sus muslos y el glande se encontró con la entrada de su vagina. Tras tanto tiempo, se conocía el camino de sobras.
Maite se abrió de piernas lo suficiente como para que él pudiera entrar aún más. La abrazó y deslizó los dedos entre su pelo. Ella se agarró de su espalda y bajó hasta su culo, para empujarlo aún más profundo. Sus frentes, narices y labios, a pocos milímetros de separación, les permitían mirarse en la profundidad de sus ojos.
—Córrete dentro.
Con esa orden, el cuerpo de Gerard reaccionó como por instinto y llegó al orgasmo. Los espasmos de su cuerpo se convirtieron en una delicia para ella, que deslizó una mano entre sus cuerpos para masturbarse.
Maite no era consciente de ello, pero disfrutaba más del sexo cuando sus cuerpos quedaban pegajosos, «guarros». Gerard sí lo sabía, aunque nunca se lo había comentado o simplemente se olvidaba de ello. Porque su mente quedaba en blanco mientras la veía masturbarse con su semen, el pene de él aún dentro de ella, y los pechos, hombros y mejillas rojos.
Se la metió en profundidad y masajeó sus ingles mientras ella alcanzaba un segundo orgasmo. Le tapó la boca, porque el grito era muy fuerte y no quería quejas de los vecinos. Y ella le lamió la palma de la mano en respuesta.
Maite se quedó hecha un flan, separando los brazos como una estrella de mar. Gerard salió de ella y la colmó de besos mientras cogía las toallitas del cajón de la mesita y se disponía a sacar una, o mejor unas cuantas.
—Déjalo —expiró ella—. Quiero ducharme y voy a lavar las sábanas. Es un desperdicio de toallitas.
—¿Quieres que te dé un baño calentito? —se ofreció él, más que dispuesto.
Maite quiso mirar la hora en el despertador, pero no la veía. Así que apartó a Gerard y cogió su móvil con la mano no llena de semen. Él, sentado sobre sus rodillas entre las piernas de ella, cogió una de sus piernas y comenzó a besarle los tobillos.
—Es tarde. Dúchate. Yo iré después.
—Para cuando salga vestido estarás durmiendo. Y me tendré que ir a trabajar.
—Pues pondré una alarma para dentro de una hora.
Lo hizo y se lo mostró. Gerard, satisfecho, cogió el móvil y le quitó el modo avión y el silencio. Antes de entrar a cocina, la llamaría por si acaso.
—Te quiero, os quiero. Me quedaría abrazado a ti el resto del día pero esta semana nombran nuevo chef y quiero dejar claro que el puesto debe ser mío.
Le dio un pico y besó su barriga antes de levantarse y meterse al baño. Maite maldijo no haberse puesto las gafas para disfrutar de su espalda. Adoraba los hombros de Gerard, y también cómo meneaba el culo cuando estaba satisfecho.
***
La alarma no había sonado. O sí, pero no la había escuchado. Otra cosa más que no era propia de ella: quedarse dormida, dormir tantas horas. A veces incluso perdía la noción del tiempo. Lo que sí escuchaba ahora era el tono de llamada de su móvil, uno por defecto porque no terminaba de decidirse por una canción nueva que le gustara, y se había cansado de la anterior.
El brillo de la pantalla la cegó, pero tuvo que acercarse el móvil a pocos centímetros de los ojos para ver quién la llamaba.
—Estoy viva —contestó, y oyó la risa dulce de Gerard al otro lado de la línea.
—Pues con la voz que tienes nadie lo diría —comentó con un tono suave y sin críticas—. Aunque quieras ducharte, cómete antes el desayuno que te he dejado en la cocina. No quiero que te desmayes y te caigas.
Cualquiera hubiera dicho que Maite era una torpe, o que Gerard era muy sobreprotector. En realidad, solo Gerard era sobreprotector, y con la paternidad se le había acentuado, bastante.
Ella sabía que era su lenguaje del amor, que lo hacía desde el cariño, pero que la tratara como una niña a veces la sacaba de quicio. Luego comía lo que le ponía delante y se le quitaba el enfado. Porque ella no era torpe ni despistada, pero cuando estaba enfocada en una tarea, el resto de sus funciones vitales se desactivaban hasta que se encontraba con fuertes dolores de cabeza y un humor agrio.
Al teléfono, Gerard le contó lo que habían hecho por la mañana y se disculpó por no haberla llamado antes de entrar a trabajar. Sí. En vez de dormir una hora, había dormido seis.
Se levantó poco a poco y se encontró mucho más limpia de lo que recordaba (Gerard, por supuesto). Puso el manos libres y charlaron mientras él comía cualquier cosa en su descanso, y ella seguía sus instrucciones para convertir su desayuno, almuerzo y comida (todos preparados con cariño por él) en un alimento completo que pensó que no le entraría en el cuerpo. Pero le entró.
—¿Será verdad eso de que debo comer por dos?
—O estás muerta de hambre porque llevas sin comer nada más de catorce horas.
—Lo siento, papi —bromeó ella.
—Tendré que darte un biberón antes de irme a trabajar a partir de ahora —siguió el juego él.
Ella pensó que podría hacer la broma un poco más picante si le decía que ya le había dado su leche esa mañana, pero no sabía si Gerard tenía compañía en aquellos momentos. Así que tomó nota mental para hacerle la broma más tarde y poder disfrutar de su vergüenza. Le encantaba sacarle los colores.
Siguieron hablando de trivialidades, planes y lo buena que estaba la nueva salsa que le había hecho para los farfalle. Gerard se despidió porque había terminado su descanso y Maite lo animó antes de colgar.
Suspiró profundamente en el silencio de su pisito de dos habitaciones y envió la radio online al altavoz del comedor. Fregó los platos, recogió las sábanas, se desnudó y metió una lavadora con todo lo pendiente antes de darse una ducha. No quiso bañarse, por ahorrar agua y porque sabía que después le entraría sueño de nuevo.
Habían hecho la limpieza profunda el día anterior así que se secó el pelo y se sentó frente al ordenador. Clicó en la lista de accesos directos que tenía guardada y abrió las pestañas una a una. Dedicó el resto del día a repasar todas las ofertas de empleo que le interesaban y para las que estaba calificada. Envió curriculums, cartas de presentación y lo que fuera que pidiera cada empresa diferente.
Después de tres horas enviando correos electrónicos, repasó su bandeja de entrada para ver si tenía respuestas. La lista de negativas, por motivos diversos e impersonales, hizo que terminara llorando en el sofá.
Se lavó la cara y cogió una fiambrera de aperitivos que Gerard le había dejado en la nevera. Comió, bebió agua y, como se sentía como una mierda, se hizo palomitas y se puso a ver «El castillo ambulante», una de sus películas de confort. Aunque terminó llorando igual.
***
Cuando Gerard llegó por la tarde, Maite estaba viendo productos para bebés en una aplicación de segunda mano. Dejó sus cosas sobre la mesa del comedor, se lavó las manos en la cocina americana, que estaba cerca de la entrada y, consciente de que había estado llorando, se sentó a su lado.
—Te quiero —la arropó con sus palabras y los brazos abiertos hacia ella.
Maite lo miró, dejó el móvil y se metió en su abrazo como quien se envuelve en un edredón en pleno invierno. Gerard la abrazó con fuerza, como le gustaba. Porque cuando la apretaba de esa forma específica las lágrimas salían solas.
Se quedaron allí hasta que se le secaron los ojos. No le preguntó qué le pasaba, ni ella quería que le preguntara. Simplemente la acompañó en su tristeza y las lágrimas de ella se mezclaron con el olor a cocina de él. Maite lo llamaba así, «olor a cocina», porque a veces era más a fritos, otras veces a sudor con otra gente… Un olor propio de haber estado el día entre fogones. Ella respetaba la capacidad de él de pasarse el día cocinando para ese cátering explotador (un pensamiento que mantenía para sí misma) y después seguir cocinando en casa; porque la cocina era su territorio.
—Te he traído un detallito por el día de la mujer —recordó Gerard mientras Maite se apartaba de su abrazo.
Ella lo había olvidado por completo, y tuvo que mirar la fecha en el móvil para cerciorarse. Años atrás, se habría apuntado a la manifestación. Ahora, embarazada y en plena búsqueda de empleo, no se veía con ánimos para activarse.
—Esto es por haber estado todo el día fabricando un bebé y ser la mujer más asombrosa que he conocido —sonrió Gerard mientras le entregaba una bolsa.
Maite sonrió en respuesta, sin muchas energías, y miró dentro. Sacó la bola morada del tamaño de la palma de su mano y olisqueó la bomba de baño de lavanda. Lo miró, la miró. Dentro había un set entero de cosmética con aroma a lavanda: crema, jabón, aceite…
—Sé que te has dado una ducha. Y me la suda el agua, en serio —la cortó cuando ella iba a hablar—. Cariño, en serio. Soy consciente de nuestra situación pero sé que saldremos adelante, como llevamos haciendo desde siempre. ¿Lo sabes tú?
—Lo sé —aceptó. Porque siempre se las ingeniaban. Y por muchas dudas que tuviera ella, él tenía confianza por los dos.
—Por eso hoy te voy a dar un baño, un masaje completo y te voy a cortar y secar el pelo. —La cogió de las manos—. Y te voy a hacer la manicura y la pedicura.
Una vez más, Maite pensó para sí misma que había gastado la suerte de toda una vida conociendo a Gerard. Y la pequeña vida creciendo dentro de ella hizo una voltereta.