Saltar al contenido
Lorena S. Gimeno

Todo lo que necesito decirte ~2. Gerard~

Sinopsis

Un boleto de lotería lo cambió todo.

Cinco protagonistas, cinco obstáculos. Maite afronta un embarazo sin trabajo. Gerard sueña con otra vida atrapado en la precariedad. Laura, a sus sesenta, busca reinventarse frente a la soledad. Lur se enfrenta a sentimientos que no sabe definir. Y Aria solo quiere un hogar donde poder ser.

«Todo lo que necesito decirte» es una novela coral de ficción contemporánea que explora la maternidad, los vínculos familiares, la diversidad y un erotismo honesto. Una historia actual y emotiva que muestra cómo la comunicación es la clave para sostener los lazos que nos definen.

Ideal para quienes buscan literatura de personajes, novela actual con conflictos cotidianos y relatos que hablan con sinceridad de cómo nos relacionamos.


2. Gerard

[Tostadas integrales con aguacate, huevo y fruta
Ingredientes:
– 2 rebanadas de pan integral
– 1/2 aguacate maduro- 1 huevo (puede ser cocido o a la plancha con poco aceite)
– 1 puñado de espinacas frescas o rúcula (opcional)
– 1 cucharadita de semillas (chía, sésamo o lino)
– 1 pieza de fruta (plátano, fresas, manzana o kiwi)
– 1 vaso de leche o bebida vegetal enriquecida en calcio (opcional)
Preparación:
1. Tostar el pan integral.
2. Aplastar el aguacate con un tenedor y untarlo sobre las tostadas.
3. Cocinar el huevo (a la plancha o cocido) y colocarlo sobre una de las tostadas.
4. Agregar las hojas verdes y espolvorear con semillas.
5. Acompañar con la fruta elegida, entera o en trozos.
6. Si quieres, añade un vaso de leche o bebida vegetal enriquecida con calcio y vitamina D.]

Una vez emplató el desayuno de Maite, Gerard se echó a la boca los restos de pan, aguacate, rúcula y fresas para dar por concluida su propia comida. Colocó el plato, el vaso de leche de avellanas y los cubiertos en una bandeja y los llevó a la habitación. Pensó que, así, Maite comería antes de volverse a quedar dormida tras su sesión de mimos matutina.

Sin embargo, no consiguió despertarla con un toque suave en el hombro, y tampoco lo volvió a intentar. Por una parte, no poder besarla, abrazarla y saborearla antes de irse a trabajar lo decepcionó. Por otra, le gustó la idea de que pudiera descansar más.

Gerard pensaba, en serio, que la somnolencia durante el embarazo se debía a una deuda de sueño que Maite llevaba arrastrando desde la universidad. Estudiando o trabajando, dormir siempre había sido la última prioridad para ella. Y ahora, por suerte o por desgracia, estaba recuperando muchas, muchísimas, horas perdidas.

Así que la dejó durmiendo, tapó con cobertores de silicona el plato y el vaso y los metió dentro del frigorífico. Volvió a la habitación y se vistió con uno de los muchos uniformes iguales que tenía: camisa y pantalón negro; y calcetines negros; y zapatos negros… Aquel día, hasta los calzoncillos los llevaba negros; porque el negro siempre venía en los paquetes baratos de calzoncillos. Odiaba el color negro.

Se enfundó la parca color lima (porque por las mañanas hacía fresco), besó en la frente a Maite, encendió su móvil sin internet y se lo dejó en la mesita por si acaso. Después, cogió las llaves y la cartera de la entrada y bajó a la calle para subirse a su furgoneta.

***

Eran casi las seis de la mañana y la cola de coches se movía con la lentitud habitual. En los últimos seis años, había intentado recorrer ese camino, con una cantidad casi indecente de semáforos, en diferentes franjas horarias. Y el resultado siempre había sido el mismo. Así que pasaba los ratos muertos pensando en ideas para su recetario.

Entrantes, desayunos, aperitivos, postres… Tenía una carpeta llena de recetas en diferentes fases (idea, prueba, retoque o finalizada) como parte de su preparación para el día en el que tuviera su propio catering bajo el lema «sabroso y saludable». Porque su única aspiración en la vida era dar de comer, y bien, sin importar la situación médica o económica de sus clientes.

Porque Gerard había probado muchas veces la comida de hospital. Había ayudado a alimentar a muchas personas con ella. Y, si bien era saludable, nunca le había parecido «motivadora». Porque, para él, la comida tenía que ser una alegría, un placer y animar a quien la probara a seguir adelante.

A veces, en momentos donde no había podido disfrutar de su primera alegría del día, se sumía en los recuerdos de la muerte de sus padres con solo ocho años y como había terminado viviendo con su abuela paterna, muy mayor ya, pero la única que podía encargarse de él en aquel momento. Lloró en su funeral con trece años, vestido de negro de nuevo, tras haber pasado los dos años anteriores aprendiendo a poner lavadoras, limpiar la casa y triturar la comida para poder alimentar a su amorosa y dedicada abuela, que había sufrido un ictus.

Después se había ido a vivir con su «avi» y «avia», a Barcelona. Vivían en Escocia, pero lo habían dejado todo para que el Gerard adolescente pudiera seguir viviendo cerca de sus amistades. Se lo agradeció muchísimo y, aunque a duras penas los conocía, los quiso tanto como a sus padres.

Dos semanas antes de que Gerard cumpliera los diecisiete, su abuela materna, con ochenta y dos años, contrajo pulmonía y murió, dejándolo a solas con su abuelo materno. Pero poco después este comenzó a perder el control de su vejiga, sus piernas e incluso su memoria. Compaginaba los estudios con llevarlo al hospital; cuando no trabajaba, se dedicaba a lavarlo, sacarlo a pasear en la silla de ruedas o, simplemente, dedicarse unos ratos a llorar en su habitación maldiciendo su suerte… Eso, hasta que conoció a Maite. Entonces lloraban juntos, abrazados; cada uno con su «situación de mierda». Y a veces se besaban y follaban en silencio para no despertar a su abuelo.

Gerard recordaba aquellos días de forma agridulce. Echaba de menos a sus padres, su abuela paterna, su «avi» y su «avia», pero también había conocido a Maite por el camino; y ella era su todo.

Ahora, su relación era estable y hablaban de lo que les pasaba por la cabeza. Afrontaban todos los problemas en conjunto, como un equipo; y se dedicaban el tiempo que se podían sin descuidarse como personas independientes. En efecto, eran una pareja saludable y trabajada; aunque siete años atrás esa situación a Gerard le hubiera parecido imposible.

Al fin y al cabo, ¿cómo iba a pasarse Maite toda la vida con una persona cuando lo único que los había unido era la pena y la tristeza? Gerard quiso dejarla más de una vez, con la sensación de que estar con él únicamente le traería más desgracias. Sin embargo, Maite había querido estar a su lado.

Se apoyaron, hablaron, lloraron y se cuidaron hasta que no le quedó ninguna duda a Gerard (ni a Maite). Eran felices, aun con los problemas económicos. Y lo eran porque seguían juntos; eran familia. Una familia que, antes de fin de año, sería de tres personas.

***

Cuando Gerard llegó a la empresa de catering, guardó la parca y la cartera en su taquilla, se ató la ligera melenita en una coleta alta y se colocó la redecilla antes de empezar a preparar ingredientes. Mientras cortaba, pelaba y encendía fogones, el resto del personal llegó como una lluvia suave de primavera. Cada persona sabía lo que tenía que hacer porque la tarde anterior ya se habían repartido las tareas correspondientes. Además, llevaban varios años haciendo exactamente lo mismo. Preparaban la comida para algunas empresas de la zona, algunas residencias y centros de día. De vez en cuando, les caían pedidos para bodas, bautizos, comuniones y otros eventos; pero subsistían de la clientela habitual.

Sin embargo, en los últimos tres meses, tras la jubilación del dueño original, habían reducido la plantilla poco a poco. Los encargados actuales, los dos hijos del señor Landa, habían sustituído trabajadores por producto congelado y maquinaria. Gerard sabía que la calidad de su comida había bajado, y mucho, y que en algún momento se encontrarían con que la clientela habitual se daría cuenta de que la comida casera de «Landa e hijos» no era tan casera como antes.

En estos últimos tres meses, además del despido de Maite, a Gerard le habían quitado la prima que recibía cada mes. Un extra en su sueldo por ser el que ideaba todo el menú de la empresa. Una forma que había tenido el señor Landa de apreciar su duro trabajo; porque el trabajo de Gerard lo había ayudado a ahorrar costes, y ser más eficientes cocinando.

Con su sueldo actual podían pasar, pero se estaba planteando buscar otro trabajo en el sector. Al fin y al cabo, la Semana Santa estaba a la vuelta de la esquina y muchos restaurantes necesitarían personal extra. Pero él no quería ser un empleado de temporada, necesitaba la estabilidad y el sueldo de un chef o, como mínimo, segundo chef. Y sentía que al volver a empezar en otro lugar su sueño de tener empresa propia estaría aún más lejos.

Durante el descanso para comer, salió al callejón y comió de pie los restos de una receta de prueba que no lo había salido muy allá. Anotó en su libretita los arreglos que necesitaba en cuanto a sabor y, sobre todo, presentación. Aún no conocía a la mitad de las nuevas incorporaciones y nunca se le había dado muy bien empezar una conversación; así que pasó el resto del descanso pensando en sus cosas mientras el olor a tabaco deambulaba por el ambiente. Le apetecía comer mousse de chocolate, pero en casa no tenía los ingredientes… ¿o sí? Podía hacerla con acuafaba, y tendría aporte de proteína extra para Maite.

***

La tarde era para planificar y avanzar lo que se pudiera del día siguiente. Sin embargo, los Landa lo habían mandado llamar, y eso no podía significar nada bueno.

Arrastró los pies escaleras arriba y tocó la puerta del despacho con los nudillos. En el reflejo del cristal vio, una vez más, como el rostro de un joven ilusionado con su trabajo había desaparecido para mostrar un rictus de cansancio y hastío extremo.

—Pasa, Gerard —lo llamó Marcos Landa, el menor.

Gerard entró y se sentó frente a los dos escritorios nuevos que los hermanos habían instalado recientemente. La silla se quejó bajo su peso, desgastada como muchas otras cosas en el edificio.

—Llevamos toda la semana pensándolo y no nos está funcionando el sistema actual —comenzó, sin rodeos, Juan, el mayor.

—Así que necesitamos que te pases a repartos desde mañana.

La patada en su ego fue más grande de lo que esperaba. Los miró, porque no se había dado cuenta de que estaba mirando al suelo. Su desconcierto quedó patente aun sin decir nada. ¿Cómo iban a poner a un cocinero profesional y nutricionista a repartir pedidos?

—La cuestión es que un chef famoso de redes sociales va a incorporarse a partir de mañana y, como comprenderás, no podemos tener a dos chefs.

—Estamos buscando otro puesto que corresponda a tu nivel, por supuesto. Pero tampoco te podemos tener sin trabajar mientras tanto.

El cuerpo de Gerard desconectó por completo. En pocos segundos, su mente pasó de «¿Y ese chef sabe lo que hacemos aquí?» a «Que les den por culo, no puedo permitirme cobrar menos de lo que cobro ahora».

—¿Y mi sueldo también será de repartidor? —Había aprendido de Maite que, a veces, la practicidad era necesaria. Y dejar las cosas claras.

Los Landa se quedaron un poco traspuestos. Como si hubieran esperado que el bueno de Gerard, que aceptaba sin más lo que se le daba, se hubiera convertido en otra persona.

—Este mes mantendremos tu sueldo, claro.

—Pero el mes que viene tendrías el mismo sueldo que los demás.

—De lo contrario, sería injusto para los demás trabajadores.

«¿Cuánto les costará el influ-chef de las narices para bajarme al sueldo mínimo?», pensó unos momentos. Respiró profundamente y continuó:

—¿No habréis encontrado un puesto a mi nivel antes de fin de mes?

La sonrisa de negocios de los Landa se tensó.

—No podemos prometerlo.

—Tenemos mucho trabajo modernizando la empresa para que no se nos coma la competencia.

—Ya sabes, nos toca hacer a nosotros todo lo que nuestro padre se negó a hacer durante años.

—Si nos hubiera dejado actualizarnos hace tres años, no iríamos tan de culo ahora.

«Todo lo que habéis «actualizado» está jodiendo una empresa que lleva en activo casi cuarenta años», quiso decirles, pero decidió levantarse del asiento y dar por concluida la conversación. Sabía lo que hacían. Lo presionaban para deshacerse de él.

—Bueno, voy a preguntarle a Rebeca por mi furgoneta y ruta.

—Ya le hemos dicho a Rebeca que usarás tu propia furgoneta —intervino uno de los hermanos.

—Teníamos una en el taller que ha acabado en el chatarrero —explicó el otro.

—Estamos buscando un remplazo, pero de momento funcionaremos así —concluyó el mayor.

—¿Y los gastos de combustible y desgaste de mi vehículo personal? —Tenía ganas de soltarles una hostia, o dos, a cada uno.

—Rebeca te lo explicará todo. No te preocupes.

—Lo vamos viendo.

—Al fin y al cabo, eres como de la familia, Gerard. Haremos todo lo posible por que tu trabajo sea justo y cómodo.

—Más ahora que vas a ser padre y Maite está en el paro.

No se despidió. Salió del despacho y fue a ver a Rebeca para que le diera toda la información y dejar en claro que la gasolina no iba a salir de su bolsillo en ningún momento.

***

Cuando aparcó en su puesto habitual, a dos minutos de casa y sin zona azul, apoyó la cabeza en el volante y sintió unas ganas profundas de darle de puñetazos a algo. Sin embargo, llamó a Maite por teléfono.

—¿Pasa algo? ¿No estabas de camino?

Su voz preocupada lo tranquilizó.

—Necesito ir a gritarle al mar y he pensado que te gustaría venir conmigo.

Maite se quedó en silencio porque sabía que, cuando Gerard estaba tan angustiado y estresado, pasaba algo grave. Su Gerard, que siempre había sido un rayo de Sol, solo se ponía así cuando algo injusto le sucedía. La primera y única vez que habían ido a gritarle al mar juntos había sido cuando se quedó, a los diecinueve años, en la calle tras la muerte de su abuelo materno. Porque todas sus posesiones habían sido para su familia de Escocia, y no tuvieron piedad con él.

—Me pongo los zapatos y bajo enseguida.

—Te espero en el portal.

—Te quiero.

—Te quiero.

Colgó, se quitó la camisa negra de los cojones y se puso una camiseta que tenía en la guantera. Olía a cerrado, pero no soportaba ir más de negro. Miró con desdén su nuevo uniforme de repartidor, también negro, y lo dejó en asiento del copiloto antes de apearse y cerrar el coche.

Caminó los dos minutos hasta el portal de casa, que se convirtieron en cuatro en su contemplación, y Maite lo estaba esperando. Se dieron la mano y caminaron en silencio hasta la playa. Un largo paseo de media hora a las seis de la tarde, en completo silencio.

Por el camino, Maite le ofreció unos bastones de zanahoria que había pelado y cortado ella. Y Gerard le dio un beso en la frente como agradecimiento. Pero no se miraron más en todo el camino.

Al llegar a la playa, caminaron con dificultades sobre la arena, intentando que no les entrara en los zapatos, hasta la frontera entre un quizá y un mojarse seguro con las olas. Sin preliminares ni miramientos, Gerard gritó con todas sus fuerzas. No dijo nada en concreto. Solo gritó y gritó hasta que su rabia, que no tenía suficiente con salir de su voz, salió también de sus lacrimales.

Maite gritó también, pero el llanto le cortó pronto la voz. Gerard la abrazó y se quedaron allí hasta que, calmado al fin, Gerard le contó lo que había pasado en el trabajo sin dejarse un solo detalle.

Compra ahora el libro completo

error: Content is protected !!