Sinopsis
Un boleto de lotería lo cambió todo.
Cinco protagonistas, cinco obstáculos. Maite afronta un embarazo sin trabajo. Gerard sueña con otra vida atrapado en la precariedad. Laura, a sus sesenta, busca reinventarse frente a la soledad. Lur se enfrenta a sentimientos que no sabe definir. Y Aria solo quiere un hogar donde poder ser.
«Todo lo que necesito decirte» es una novela coral de ficción contemporánea que explora la maternidad, los vínculos familiares, la diversidad y un erotismo honesto. Una historia actual y emotiva que muestra cómo la comunicación es la clave para sostener los lazos que nos definen.
Ideal para quienes buscan literatura de personajes, novela actual con conflictos cotidianos y relatos que hablan con sinceridad de cómo nos relacionamos.

3. Cálculos
[16 de marzo
Has recibido un ingreso de 8000€ de…]
La notificación la despertó, porque se había dejado el móvil encendido la noche anterior. Gerard, durmiendo a su lado, seguía roque. La alegría casi la hace despertar a su pareja saltándole encima, pero prefirió dejarlo dormir y levantarse a hurtadillas. Al fin y al cabo, era su día de fiesta.
Hizo un pis, se lavó la cara y volvió a la cama. Encendió la lucecita de lectura y repasó lo que tenía apuntado en la libreta de «Cosas que necesitará nuestro bebé». Calculó mentalmente cómo gastar aquellos ocho mil euros: una parte para suplir la bajada de sueldo de Gerard a partir del mes siguiente, hasta septiembre. Porque Gerard ya estaba pensando en buscar otro trabajo, pero no quería caer en los que les dan la patada al terminarse la temporada. Ella también quería encontrar otro trabajo, pero lo veía cada vez más difícil y no se iba a poner de nuevo de camarera si no era estrictamente necesario. Odiaba ese trabajo por encima de todo. Prefería limpiar letrinas de festivales.
Calculó, apuntó y abrió una de las muchas aplicaciones de segunda mano que tenía instaladas para ver los precios de las cunas, los cochecitos, las bañeras y los cambiadores. Mucha gente recomendaba encarecidamente invertir en tener un cambiador, por la salud de tu zona lumbar.
Gerard se removió en el sitio y se quedó boca arriba. La mirada periférica de Maite la hizo ver algo que llevaba tiempo sin ver: su erección matutina. Al fin y al cabo, llevaban semanas que era él el que se despertaba antes que ella.
Ni corta ni perezosa, Maite miró la hora y se dijo a sí misma que, como llevaba más de una hora despierta y eran las ocho y media, tenía todo el derecho del mundo a despertar a su pareja con una mamada.
Dejó el móvil en silencio sobre la mesita de noche, junto a sus gafas, y se coló bajo las sábanas para bajarle el pantalón de pijama a Gerard. Aún le olía a jabón, porque se duchaba cada noche antes de irse a dormir. La luz de lectura no penetraba el grosor de las sábanas de invierno, pero Maite estaba acostumbrada a no depender de su vista para muchas cosas. Al fin y al cabo, con ocho dioptrías en cada ojo, si no llevaba las gafas tenía que acercarse los objetos a la nariz para verlos.
Bajó los pantalones de Gerard, que dormía profundamente, por debajo de su culo y se posicionó entre sus piernas para coger con ambas manos su pene. Le parecía que hacía mucho que no le ofrecía placer, porque últimamente (y casi siempre) era él el que se centraba en darle placer a ella. Gerard disfrutaba, y mucho, de dar. Pero a Maite también le gustaba ofrecer.
Acarició con una mano el tronco, y los testículos con la otra. Deslizó los dedos hacia el glande, que asomaba por encima del prepucio, y sintió la viscosidad del líquido preseminal.
Se entretuvo en deslizar su mano con la piel arriba y abajo. La boca se le hacía agua, pero le gustaba sentir cómo se hacía cada vez más grande entre sus manos. El miembro se calentó, endureció y el cuerpo esponjoso se marcó en la parte inferior.
Abrió la boca y deslizó la lengua desde la base hasta la uretra como quien no tiene prisa. Besó el glande y lo acogió en el interior de la boca mientras acariciaba con la punta de su lengua la uretra, que seguía soltando presemen.
Las sábanas se apartaron y Gerard la miró, divertido. O eso le pareció a ella cuando él le colocó las gafas. Se empañaron con su calor corporal, pero lo miró a través del vaho.
—Buenos días —agradeció con voz ronca. La acarició en las mejillas y el cuero cabelludo.
Maite sonrió y deslizó el pene en su boca hasta conseguir besar la base haciendo una «O» con los labios. Gerard gimió en respuesta y ella, sin moverse, deslizó la lengua arriba y abajo, de lado a lado, acarició la corona y retrocedió un poco para poder estimular el glande. Utilizó la textura de sus mejillas, de sus muelas y de su paladar duro en un vaivén intenso pero lento. Dejó su mano derecha para estimular los testículos, las ingles y el interior de sus muslos mientras deslizaba la izquierda hacia el interior de su propio pantalón. Estaba muy mojada.
Gerard farfulló muchas cosas. Palabras de placer, súplicas y peticiones que ella no iba a escuchar. Porque quería que se corriera en su boca y llegar al orgasmo con la garganta llena de semen. Así que no aceptó que le pidiera que parara porque se iba a correr, que le dijera que él quería darle placer a ella o asegurara que no era necesario que se esforzara.
Maite a veces ignoraba las peticiones de Gerard cuando este se pasaba de desinteresado. Sin embargo, sí le respondió cada vez que él le dijo algo. Negaba con la cabeza, aún con el pene en su boca, y estimulándolo con la lengua. Y cada vez que lo hacía, el presemen salía y a él le temblaban las piernas.
Maite estuvo a punto de correrse varias veces, pero dejó de estimularse todas ellas y se centró en seguir jugando con el pene de Gerard. Lo lamió, succionó, mordisqueó y masticó como solo ella sabía sin hacerle daño alguno. Y así se corrió él con un fuerte y gutural gemido.
Sin embargo, ella no tenía suficiente. Untó dos dedos de su mano derecha en su boca, llena de semen, mientras tiraba de los pantalones de Gerard y lo abría de piernas.
Deslizó los dedos en el interior de su ano, con suavidad, y se metió de nuevo el pene en su boca, aún llena. Gerard la agarró del pelo con fuerza, como solo hacía cuando sentía muchísimo placer, y ella sintió una descarga eléctrica directa a su clítoris. Se masturbó mientras hacía vacío con la boca y estimulaba con la lengua. Sus gemidos resonaban en el pene de Gerard, que creció de nuevo sobre su lengua.
Le gustaba. Mucho. Adoraba sentir cómo tensaba las piernas de placer y colocaba la cadera para que le estimulara la próstata. Quiso dejar de estimularse para no correrse, pero sabía que, en ese momento, aunque no se tocara el orgasmo seguiría adelante. Así que chupó con fuerza, puso los dedos en gancho hacia su próstata y se corrió. Su voz atravesó el pene de Gerard hacia sus entrañas y el hombre eyaculó de nuevo, de forma que casi se atraganta.
Sin separarse de él, convulsionando, Maite tragó como pudo y se puso a cuatro patas. Gerard se sentó para abrazarla y respirar en profundidad, juntos, hasta que sus latidos se calmaron. Y, en algún momento, se tumbaron y quedaron dormidos de nuevo.
***
Cuando Maite despertó, le llegó el aroma de un revoltillo que estaba haciendo Gerard en la cocina. Se sentía fresca y limpia, pero se lavó la cara y volvió a mear antes de ir a la cocina a desayunar-almorzar… O comer, por la hora.
—Buenos días, de nuevo. —La voz de Gerard ya no sonaba ronca y ella se acercó a él para darle un beso y darle un agarrón de culo.
—Buenos días. Me encanta cómo te quedan estos pantalones. Tendremos que comprar más para cuando se te rompan.
—O podemos convertirnos en nudistas y así no tenemos que pensar en la ropa —bromeó él, con las mejillas sonrosadas.
—Tentador. Tentador. Pero si lo hiciéramos nos pasaríamos el día follando como conejos.
Gerard sonrió en respuesta, vergonzoso por algún pensamiento lascivo que le rondaba los ojos. La besó de nuevo y le colocó bien el cuello de la camiseta, porque se le salía media teta. Después, volvió a prestarle atención a la sartén para servir el revoltillo con verduras en dos platos, con guarnición y pan de semillas.
—Ya nos han ingresado los ocho mil en la cuenta. Limpios —explicó Maite mientras se sentaba y Gerard dejaba el plato frente a ella.
—¿Y estabas despierta mirando la cuenta? —quiso saber él mientras repartía los cubiertos y servía zumo de naranja en los vasos. Desde que Maite estaba embarazada, ni él ni ella bebían café.
—Me ha despertado la notificación del banco. Después me he puesto a calcular y, ya sabes, a mirar cositas por wallapeep y vanted. —Se sacó el móvil del bolsillo del pijama—. Ahora que me acuerdo, había una cuna que te quería enseñar.
Abrió la aplicación y fue a buscar sus favoritos cuando vio, en productos destacados, un anuncio de oferta de empleo.
—¿La encuentras? —quiso saber Gerard.
—Espera un momento que quiero mandar un mensaje.
Dicho esto, le dio al botón «chatear» y escribió de forma sencilla y correcta:
Maite: Buenas tardes, Lur:
Me interesaría saber más sobre el puesto de gestora que has publicado para tu empresa.
Después, volvió a sus favoritos y le mostró la cuna.
—Es bonita y clásica, y el precio está bien —apuntó él.
—¿Verdad que sí?
—Ah. Una tal Lur te ha contestado —observó Gerard mientras le devolvía el móvil—. ¿Una oferta de empleo?
—Sí. Acabo de mandarle el mensaje y ya me responde…
Maite se puso a leer la respuesta de Lur. Gerard, empezó a comer y pinchó un poco de revoltillo en el tenedor de ella para que hiciera lo mismo.
Así, Maite comía mientras chateaba con la tal Lur:
Lur: Hola, Maite:Como puedes ver, mi empresa es un coworking para todo tipo de disciplinas. Antes éramos mi madre y yo dirigiendo el lugar, pero ahora con su jubilación anticipada me he quedado sola y no puedo con todo. Necesito a alguien que me quite este trabajo de encima.Tengo más de diez años de experiencia trabajando en distintas gestorías y supervisando proyectos de muchos tipos diferentes. Si pudiéramos hablar sobre tu proyecto, te diría cómo y cuánto puedo ayudarte.
Por supuesto pero… ¿Estás trabajando ahora? Porque busco a una persona a tiempo completo.
Al leer las palabras «tiempo completo», a Maite los ojos le hicieron chiribitas.
—Esta persona busca alguien a tiempo completo para gestionar un coworking —explicó a Gerard mientras le mostraba la pantalla del smartphone.
—Y escribe tan correcta como tú. Casi no parece un chat.
—Escribir bien no cuesta nada.
—Mejor no te preguntes por qué te mando tantos audios.
Sonó el tono de notificación de Maite, y leyó un segundo mensaje de Lur:
Lur: Si te va bien, me gustaría que te pasaras por El Taller mañana para explicarte bien el proyecto y que me des tu opinión. Acabo de publicar el anuncio así que aún no tengo calculado el sueldo, pero para mañana te lo tengo. ¿Te va bien a las once?
Gerard, curioso, estaba leyendo por encima de su hombro. No lo hacía nunca porque consideraba el móvil de Maite parte de su espacio personal, pero no había podido aguantarse en esa ocasión.
—Suena a estafa. —La mirada de Maite hizo que se explicara—. No te conoce ni te ha pedido un curriculum y parece que el puesto vaya a ser tuyo.
—¿Te vienes conmigo mañana?
Gerard sabía que Maite iría sin importar si la acompañaba o no.
—Voy a tomarme un día de asuntos personales.
—Sabía que podía confiar en ti. —Puso los labios a su alcance y él la besó antes de recoger los platos y ponerse a fregar.
Maite: Me va perfecto, Lur. Dime la dirección y nos vemos allí mañana.
Lur no tardó en enviarle la información, la web y redes sociales de «El Taller» para que pudiera ver un poco a qué se dedicaban allí.
Se despidieron de forma cordial y Maite fue a buscar su portátil para acceder a los enlaces que le había mandado. Gerard, dispuesto, se sentó a su lado.
La web de «El Taller» explicaba en detalle que era un edificio de cuatro plantas lleno de espacios de trabajo para diferentes disciplinas artísticas. Cabinas, salas de baile, talleres de cerámica, telares, cocinas… En la propia web podías alquilar los espacios disponibles por horario o rellenar el formulario si te interesaba ocupar un espacio propio. Por lo que Maite observó, a lo largo de la semana estaba bastante lleno, incluso en temporada baja; y pensó que no estaba mal para un negocio que llevaba menos de dos años en activo. También pensó que poco dinero estaba haciendo Lur con el edificio si los precios eran tan extremadamente bajos.
Gerard, por su parte, aún tenía en mente la fotografía de la cocina que había visto en una de las páginas de la web. ¿De verdad eran así de modernas y bien equipadas? ¿Y tan baratas?
—Parece un sitio legal y de buen rollo. El sitio queda bastante cerca incluso en metro y no está en una zona conflictiva —suspiró Maite—. La situación detallada la conoceré mañana cuando hable con Lur.
—Lo veo bien —coincidió Gerard—. Pero te voy a acompañar igual.
—Lo sé.
Maite sonrió a su pareja y lo besó en los labios con un poco más de intensidad que un pico, pero no tanto como para considerarse un beso de esos que te encienden los bajos.
Mañana conseguiría trabajo. Se lo juró a sí misma.