Sinopsis
Un boleto de lotería lo cambió todo.
Cinco protagonistas, cinco obstáculos. Maite afronta un embarazo sin trabajo. Gerard sueña con otra vida atrapado en la precariedad. Laura, a sus sesenta, busca reinventarse frente a la soledad. Lur se enfrenta a sentimientos que no sabe definir. Y Aria solo quiere un hogar donde poder ser.
«Todo lo que necesito decirte» es una novela coral de ficción contemporánea que explora la maternidad, los vínculos familiares, la diversidad y un erotismo honesto. Una historia actual y emotiva que muestra cómo la comunicación es la clave para sostener los lazos que nos definen.
Ideal para quienes buscan literatura de personajes, novela actual con conflictos cotidianos y relatos que hablan con sinceridad de cómo nos relacionamos.

4. La entrevista
[Galletas de avena, plátano y almendra
Ingredientes (para 10-12 galletas pequeñas):
– 2 plátanos maduros
– 1 taza de copos de avena (puede ser sin gluten)
– 2 cucharadas de mantequilla de almendras o crema de cacahuete natural
– 1/2 cucharadita de canela en polvo
– 1/2 cucharadita de esencia de vainilla (opcional)
– 2 cucharadas de chips de chocolate negro (mín. 70%) o frutos secos picados
Preparación:
1. Precalienta el horno a 180 °C (arriba y abajo).
2. En un bol, aplasta los plátanos hasta hacer un puré.
3. Añade la mantequilla de almendras, la canela y la vainilla. Mezcla bien.
4. Incorpora los copos de avena y los chips de chocolate o frutos secos.
5. Forma pequeñas bolitas y aplástalas en una bandeja con papel vegetal.
6. Hornea durante 12-15 minutos, hasta que estén doraditas.
7. Deja enfriar sobre una rejilla.]
Colocó las galletas, ya frías, en un recipiente hermético para almorzar por el camino mientras Maite se vestía para la entrevista. Se había cambiado varias veces de conjunto y no le convencía ninguno.
Gerard se quedó con unos tejanos azul claro, una camiseta naranja fluorescente y una sudadera de cremallera morada. Al fin y al cabo, la entrevista no era para él, pero tampoco consideraba que pudiera ir en uno de sus pantalones de chándal habituales.
Maite salió de la habitación con un traje color mostaza con camisa blanca y tacones bajos. Miró a Gerard y este no comentó nada, porque ella no había pedido su opinión.
—Si nos preguntan por qué vienes conmigo. Yo no tengo carné y te va de camino al trabajo.
—Sí, señora.
Quiso decirle que estaba preciosa, besarla y acalorarla un poco. Pero sabía perfectamente que, cuando Maite estaba en «modo trabajo», no estaba para bromas ni juegos.
***
Maite se apeó de la furgoneta, se recolocó las gafas y se aseguró de que su pelo estaba bien peinado antes de aceptar la mano de Gerard y caminar los pocos metros entre el aparcamiento de asfalto agrietado y el edificio que era «El Taller».
Ya de lejos, se imponía entre edificios grises un bloque cuadrado de cuatro pisos de alto y fachada blanca con ventanas azules. A Maite le recordó las casitas de estilo mediterráneo que colmaban muchas islas de Grecia.
En el techo, una plétora de placas solares y, en la parte delantera varios vehículos eléctricos cargando bajo un pequeño porche. A Gerard le pareció un lugar bonito y gran parte de los temores que tenía sobre la oferta de trabajo se desvanecieron. Quizá, y solo quizá, habían tenido la suerte de encontrar una buena empresa en la que Maite pudiera consumir sus locas ganas de trabajar. Si el sueldo acompañaba la estética del edificio, tendrían muchos menos problemas.
Maite apretó el pequeño timbre del portal y se alejó un paso para que se la viera bien en cámara. A los pocos segundos, entraron en lo que era la recepción, donde les esperaba una mujer de cabello rizado y largo hasta los hombros, muy alta, con cuerpo de gimnasio y pectorales sobresalientes del escote de la camisa holgada. Su piel pecosa y sus ojos brillantes y expresivos les recordaban viejos tiempos, de cuando estudiaban ciclos.
—¿Aarón? —preguntó Gerard en voz alta.
—Ahora me llamo Aria —lo corrigió, con cierta timidez y voz dulce, su ex-compañera de instituto.
—¡Qué casualidad! —se alegró de verla Maite, mientras se acercaba a ella para darle un abrazo.
Se conocieron cuando cada cual estudiaba de lo suyo. Se veían en los descansos, charlaban y, a veces, volvían a casa en conjunto. En el caso de Aria, había estudiado administración, así que se podría decir que, tres de tres, se dedicaban a lo que querían.
La cabeza de Maite quedó a la altura de los pectorales de Aria, suaves pero firmes. Y el abrazo era tal y como lo recordaba, porque siempre le había gustado ejercitarse y, desde el punto de vista de la gestora, el cuerpo de la administrativa no había cambiado en absoluto.
—Perdona, Aria —se disculpó Gerard con sinceridad mientras la abrazaba también.
—No te preocupes. —Su abrazo fue rápido. Aria seguía siendo un poco más alta que Gerard—. Has venido a la entrevista para ser la gestora del Taller, ¿no?
—¿Cómo lo sabes? —se extrañó Maite—. ¿Es que hablé contigo por chat?
—No, no. Lur me preguntó unas cuantas veces si lo que escribía sonaba bien… Bueno, el caso es que vi tu nombre y foto. Y le dije que te conocía y eras de fiar.
«Ahí la explicación», se dijo a sí misma Maite. Ni suerte ni su capacidad. La habían escogido por recomendación. La decepción y la tristeza debieron verse reflejadas en su rostro, por lo que Aria intervino, cogiéndole de las manos:
—Maite. No estás aquí por enchufe. Sé cuánto odiarías eso. Pero Lur necesita poder confiar en las personas. Ya la conocerás y comprenderás lo que te digo. Y desde ya te digo que ella nunca daría trabajo a nadie que no viera capaz. Me preguntó sobre ti, le expliqué lo que habías estudiado y lo mucho que has trabajado siempre. Sabe también que llevamos años sin vernos y que no sé cómo serás ahora; pero la gente no cambia tanto.
Maite sonrió en respuesta, apretando los dedos de Aria ligeramente.
—Gracias. De verdad. Necesito el trabajo.
—Y te aseguro que lo disfrutarás y nos veremos mucho. ¿Por qué ha venido Gerard?
—Pues porque no me fiaba mucho de la extraña entrevista y no me hubiera quedado tranquilo si hubiera venido sola —respondió él.
—Me malinterpretan a menudo —dijo una voz tras Aria.
Esta se apartó a un lado y la pareja vio por primera vez a Lur Bofill, la co-dueña de «El Taller».
Su altura era similar a la de Gerard. De cabello largo recogido en una coleta baja, cuerpo fuerte (aunque no tanto como Aria) y mirada seria. Vestía unos tejanos de pierna recta y mantenía las manos en el bolsillo delantero de una sudadera de color burdeos. Miró a Maite y Gerard por un momento antes de desviar la mirada hacia Aria.
—Me voy a darle una ronda a…
—Maite —le recordó Aria.
—Maite. Por el edificio para que lo vea todo antes de ir al despacho. ¿Te quedas con él?
—Por supuesto.
—Gracias, Aria.
Aria hizo una pequeña reverencia antes de dejar paso a Maite, que siguió a Lur por el pasillo mientras Gerard se quedaba a su lado.
—Es un placer, señorita Bofill —tendió la mano Maite al ponerse a su altura.
—No es por ti. No doy la mano. Y me puedes llamar Lur.
Su tono ligeramente monótono al hablar y su forma de expresarse le parecieron extrañas a Maite, pero había trabajado con personas con personalidades muy dispares a lo largo de su carrera. Así que retiró la mano y acompañó a Lur hasta el ascensor, que abrió la puerta en seguida. Ambas entraron y la jefa apretó el botón de la cuarta planta.
—Te lo enseño todo desde arriba e iremos bajando. El despacho está en la planta baja.
—Perfecto.
La puerta del ascensor se cerró lentamente y, con un suave zumbido, empezaron a subir. Lur juntó las manos y empezó a darle vueltas a un anillo que llevaba en el pulgar.
—Me llamo Lur Bofill, como ya sabes. La «señorita Bofill» es mi madre y hace dos años ganamos la lotería del día de la madre. Compramos un edificio a medias, lo terminamos y abrimos a «El Taller». Si has mirado la web, verás que es un coworking pensado para todo tipo de artistas y personas que trabajan con las manos o el cuerpo.
—Sí, he mirado la web.
—Hace menos de un mes, obligué a mi madre a jubilarse y dar la vuelta al mundo en caravana (algo que había querido desde siempre). Pero gestionar este sitio yo sola me está saturando… Y mucho. No puedo trabajar y los cálculos y las decisiones me están provocando insomnio. —Mostró las manos a Maite, llenas de pieles arrancadas y con heridas—. El estrés me puede. Y no quiero estar estresada. Ya hemos llegado.
Se bajaron en la cuarta planta mientras la gestora se preguntaba si era normal contarle tu vida a alguien que acabas de conocer. Pero el espacio ante ella la distrajo rápidamente de sus pensamientos.
—En la cuarta planta tenemos la zona de ocio. Los quinientos metros cuadrados están divididos en una terraza de techo plegable, una piscina climatizada con vestuario mixto y la sala de juegos.
Mientras explicaba, Lur se movía entre las zonas y se las enseñaba a Maite, que las observaba todo lo rápido que podía. La terraza estaba equipada con mesas, sillas, luces y una barbacoa con fregadero. La piscina era grande, pero no muy profunda, y era verdad que solo había un vestuario.
Lo que más le sorprendió a Maite fue la llamada «sala de juegos», con cuerdas, rocódromo horizontal, colchonetas, columpios, piscina de bolas y un montón de muebles para saltar, dar volteretas o simplemente tirarte contra ellos. Una sala de motricidad infantil adaptada para el uso adulto.
Siguió a Lur hacia las escaleras, pero esta se detuvo un momento.
—¿Prefieres que bajemos por el ascensor?
—No, gracias.
Bajaron el tramo a la tercera planta en silencio. Y entonces Lur volvió a hablar:
—La tercera planta está dividida en dos, con varias subdivisiones. —Entró por la puerta de la derecha, que abrió con una llave, y Maite la siguió—. Aquí tenemos el taller de artes plásticas. Con buena ventilación y varias zonas según necesidad.
Maite observó lienzos, cuadernos y muchas pinturas de formas diferentes. También había figuras hechas con barro, tornos de cerámica y mosaicos y material para diferentes disciplinas que ella desconocía. En el ambiente se mezclaban diferentes olores pero, aunque se esperara un fuerte hedor a disolvente o aguarrás, no lo percibió.
—Nos tomamos muy en serio la ventilación —apuntó Lur, como si le leyera la mente.
Salieron por la parte trasera a un cuarto de limpieza que tenía otra puerta. Esta conectaba con la otra mitad de la planta.
—En este lado, con la máxima insonorización posible, tenemos la biblioteca compartida y la sala de estudio. También tenemos varias salas individuales y comunales para trabajos que requieren conversar o concentrarse. Y allí tenemos un armario con juegos de cartas y de mesa. Todas las salas comunales están insonorizadas así que se puede hablar en ellas sin molestar a nadie.
Maite observó distintas estanterías con libros muy dispares, un libro a modo de registro y muchas mesas y sillas. En el lateral que daba al exterior estaban las salas cerradas, pero había algunos huecos entre ellas con sofás y ventanales para mantener el lugar con una gran iluminación natural.
Volvieron a las escaleras y bajaron una planta más, donde Lur siguió con su explicación:
—La segunda planta es el taller de artes manuales. No se ve mucho porque está todo guardado, pero se hacen muchos talleres cada semana y algunos clubes y asociaciones hacen sus actividades aquí.
En efecto, el espacio diáfano estaba repleto de mesas grandes rodeadas de sillas y algunas mesas individuales. También había grandes y profundos armarios señalizados con letreros y pictogramas. Costura, bordado, patchwork, ganchillo, agujas, carpintería… Algunos armarios estaban sin señalizar.
—¿Hoy no hay nadie?
—Los lunes está cerrado. Le estoy pagando las horas extras a Aria porque quería que la vierais nada más entrar.
—¿Y normalmente está lleno?
—Depende de la temporada y la hora, pero por las tardes suele estar abarrotado. Por eso Aria hace las veces de portera, para tener un control de acceso y colgar los carteles correspondientes.
Maite hizo memoria y recordó que había unos cuantos carteles en el cristal de la entrada: actividades, eventos y ferias de la zona se anunciaban ahí, pero también había un hueco vertical completamente vacío. Ya se fijaría al salir.
Bajaron a la primera planta, donde Lur recitó con su tono habitual:
—En la primera planta volvemos a la división en dos. Por aquí —dijo mientras entraba en la sala de la derecha— tenemos el gimnasio y otro vestuario, para que la gente no se tenga que ir a la cuarta planta.
Se quedaron en la entrada y, cuando Maite miró a Lur como indicándole que ya había visto suficiente, salieron y entraron por la puerta izquierda. Allí las esperaba un pasillo largo con varias puertas.
—En este otro lado tenemos la sala de baile y luego varios estudios individuales para estudiar música o danza.
Recorrieron pasillo arriba y pasillo abajo. En cada puerta, Maite vio los horarios de la semana y se alegró de ver que había muchas horas ocupadas.
Al volver al descansillo, regresaron al fin a la planta baja. Frente al ascensor, además del pasillo que llevaba a recepción, había una sala con sofás, sillones y cojines, y otro pasillo.
—Esta es la sala de descanso. Algunas personas hacen tiempo aquí mientras esperan el bus o charlan antes de volver a casa. Las puertas del pasillo que va a recepción son cabinas recreativas: ahí tenemos consolas de videojuegos, ordenadores y dos karaokes.
Lur empezó a caminar por el otro pasillo, y Maite la siguió, sin ver a Gerard o a Aria en la recepción:
—Entrando por aquí está la cocina.
Lur no abrió la puerta, y Maite se asomó por la ventana de ojo de buey para ver a Aria y Gerard hablando animadamente.
—No necesito ver la cocina, la verdad.
Lur asintió con una tenue sonrisa, quizá la primera expresión que Maite había visto en su cara. Siguieron pasillo abajo y le abrió otra puerta.
—Aquí tenemos un taller donde hacen prácticas de electromecánica a veces. También lo usan otras personas para lavar su coche o hacerle algún arreglillo.
Maite asintió. Lur la llevó hacia atrás y hasta la recepción, donde entraron en la parte trasera para acceder a una sala de taquillas con dos puertas más. Una, por donde Lur entró, daba acceso a un despacho bien iluminado y lleno de papeles. Bonito, pero muy desordenado.
Lur apartó unos documentos e indicó a Maite que se sentara.
—Esto es el despacho, el antiguo despacho de mi madre y el que ahora tengo que ocupar yo cuando no estoy trabajando. Aunque casi es a la contra.
—¿Y de qué trabajas? —quiso saber Maite mientras se sentaba frente a ella en la mesa.
—Hago un poco de todo, pero podrías decir que mi oficio es la repostería erótica.
La visión de una magdalena con una cobertura en forma de vulva pasó por los pensamientos de la gestora, y se quedó allí un buen rato.
***
Cuando Maite se fue con Lur en el ascensor, Aria se giró hacia Gerard y le dijo:
—No van a tardar mucho porque Lur es rápida haciendo el tour. ¿Quieres que te enseñe la cocina?
—¿T-también hay cocina aquí? —se hizo el despistado Gerard.
—Vamos, que no me creo que Maite no haya investigado el sitio antes de venir. Sabes perfectamente que tenemos una cocina que te cagas de gusto.
Gerard comprendió que, aunque Aria había cambiado, en realidad seguía siendo la misma persona de cuando iban al instituto. Y se sonrió mientras caminaban por el pasillo.
—¿No tienes que quedarte en recepción?
—Hoy está cerrado. Lur me ha pagado horas extras para que os diera la bienvenida.
—¿Es buena jefa? Parece seria.
—Qué va. Es un trozo de pan. Es considerada, atenta y tiene la mala costumbre de sobre-explicarse por todo. No le gusta que la malinterpreten.
—Parece que te gusta.
—Me gusta, sí, como persona. Al principio pensaba que me gustaba en ese plan porque es la primera que no ha mirado mi género para contratarme. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que simplemente es muy buena persona, como su madre.
Llegaron a la sala de descanso y giraron a la derecha.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Poco más de un año y medio. Que se dice rápido. Llevo en El Taller desde que abrió prácticamente. Me contrató Laura, la madre de Lur, porque no podían con todo entre las dos. A Lur no le parecía bien en un principio, y pensé que era por ser trans; pero es que es una persona que necesita conocer a aquellas personas con las que trabaja para estar cómoda. Aunque ahora le cuesta mucho menos.
Llegaron a la puerta de la cocina y Aria dejó entrar primero a Gerard, que mantuvo de milagro la mandíbula en su sitio al ver la enorme cocina con tres estaciones de trabajo completamente equipadas. Todo estaba perfectamente ordenado y limpio. En cada una de las neveras y en la cámara frigorífica, había diferentes listas de ingredientes a modo de inventario. Gerard supuso que cada una era para cada persona que utilizaba la cocina.
—Bonita, ¿verdad? Aquí cada persona que trabaja limpia y tiene las llaves de su almacenamiento. Así evitamos robos, y por si acaso también hay cámaras de seguridad veinticuatro horas. Yo me encargo de controlar en directo desde recepción las diferentes salas también. Es un buen entretenimiento para las horas muertas, y además tengo acceso gratuito a todas las instalaciones. Hay gimnasio, piscina, salas de baile, biblioteca…
—Vamos, una pequeña ciudad —observó Gerard mientras acariciaba la isla de una de las cocinas.
La verdad, se veía ahí cocinando, haciendo realidad su proyecto. Cruzó los dedos mentalmente y rezó, a nadie en concreto, para que la oferta de trabajo fuera buena y pudiera mandar a la mierda a los hermanos Landa. Suspiró profundamente.
—¿Estás bien, Gerard? —preguntó Aria mientras le tocaba el hombro. ¿Cuánto hacía que el cocinero no hablaba con alguien que no fuera su pareja?
—Me estaba preguntando por qué dejamos de vernos.
—Podría decir que la culpa fue mía, pero también vuestra. Os fuisteis a vivir juntos y os pusistéis a trabajar. Yo igual. Dejamos de quedar y de vernos, como cientos de miles de compañeros y compañeras de instituto a lo largo de las décadas. Y luego les dije a mis padres que era una mujer y me echaron e casa, así que no me apetecía ver a nadie. —Se hizo un silencio. Gerard observaba las sartenes, cuchillos y ollas imantadas a las pareces—. Pero quiero que sepas que estaré aquí para Maite siempre que me necesite, porque me necesitará para comprender a Lur, y si te apuntas también para ti.
—Lo dices como si fuera a dejar mi trabajo.
—Gerard. En serio. Miras esta cocina como un fanático de los coches mira su primer vehículo. Como quien mira a su bebé por primera vez.
—Puede ser, sí… —De repente, recordó—: Por cierto, voy a tener un bebé. Bueno, Maite. Pero es mío también.
—¿En serio? ¿Está embarazada? —Se alegró, con sinceridad, Aria—. Seguro que se os da genial la maternidad.
—No se lo digas a Lur, por favor.
—¿Por qué? ¿Piensas que no contratará a Maite por eso? Si me ha contratado a mí, hombre.
—Bueno, tú no se lo digas.
—Como quieras. No te preocupes.
Aria dio una palmadita de enhorabuena a Gerard, que se la agradeció. Y siguieron poniéndose al día de todo lo que había sucedido en los más de diez años que llevaban sin verse.
***
Volviendo al presente. Maite y Lur estaban hablando de trivialidades cuando la repostera recordó que tenía que hacerle una entrevista a la gestora.
—Bueno, Maite. La verdad es que, como te habrá contado Aria, necesito personas en las que pueda confiar y que sepan lo que se hacen.
—Por supuesto. Y yo no me ofrecería nunca a un trabajo que no pudiera manejar. ¿Qué necesitas que haga?
—¿Básicamente? Gestionar todo El Taller y la contabilidad. De momento lo hago yo como autónoma y dueña del edificio pero mi madre cree que deberíamos montar una empresa o similar.
—O similar…
—Lo sé. Se me da fatal esto. —Lur se llevó las manos a la cara, agotada—. No tengo ni idea de cómo llevar todo esto sin acabar cagándola con hacienda o que se vaya a pique el local. Este sitio se ha hecho grande demasiado rápido y no quiero perderlo, Maite. ¿Lo comprendes?
La sinceridad de Lur abrumaba a Maite, que únicamente se abría a Gerard. Y quizá esa misma sinceridad hizo que ella misma se confesara.
—Estoy embarazada de doce semanas y, si empiezo a trabajar aquí, en algún momento cogeré la baja por maternidad.
Lo vomitó, de repente, sin florituras. Lur la miró a los ojos, quizá por primera vez, antes de decir:
—Lo tendré en cuenta. Solo necesitaré que me enseñes cómo lo haces para suplirte durante la baja, o recomendarme a alguien que te sustituya mientras tanto. Con tiempo, lo podemos manejar.
Ante sus palabras, Maite se echó a llorar. Lur se sorprendió y se levantó de su silla para colocarse al lado de la gestora. Sin embargo, no tenía muy claro si abrazarla, darle un toquecito en el hombro o en la cabeza.
—Lo siento. No quería llorar.
—No sé cómo gestionar las emociones ajenas, la verdad.
Lur volvió a su silla. Maite pareció no comprender la situación.
—Soy autista. Como dice Aria, «ya me conocerás» —creó unas comillas en el aire—. Tengo algunas dificultades sociales y a veces la gente me malinterpreta, como ya te he dicho antes. Te dije de quedar porque la comunicación cara a cara me es más cómoda. —Sacó de un cajón un borrador de contrato—. Como te he dicho, te contrataré yo mientras estabilizamos el modelo de negocio de El Taller.
Maite cogió el contrato que Lur le ofrecía. Lo leyó detenidamente y se sorprendió de que la jefa no le diera prisas ni intentara que no lo leyera. El documento estaba hecho con esmero y tenía en cuenta muchas cosas. Además, su sueldo mensual, con catorce pagas, superaría los veintisiete mil euros anuales.
—¿Dos mil al mes? —preguntó.
Lur no comprendió muy bien el tono de la pregunta. Así que se puso algo nerviosa.
—¿Es poco? No tengo mucha idea de lo que cobra una gestora de proyectos interna así que…
—¡No no no! —se apresuró a pararla Maite—. Dos mil está muy bien. Y el horario, y las prestaciones. Se nota que has trabajado mucho en este contrato.
—Entonces… ¿Te parece bien? Creo que con una semana de prueba es suficiente para saber si trabajaremos bien juntas.
Lur se levantó, con la espalda un poco curvada y ofreciendo una mano a Maite.
—Llévate la copia del contrato y te lo piensas bien antes de decidir. Pero me gustaría poder contratar a alguien antes de terminar la semana.
—No te preocupes. —Maite aceptó la mano que le tendía y le dio un apretón—. Como muy tarde pasado mañana te doy una respuesta.
Lur le soltó la mano y apretó el puño vacías veces, como si los dedos se le hubieran dormido. La gestora fue consciente del esfuerzo que había hecho para ofrecer contacto físico, y cómo la incomodaba.
***
Tras despedirse de Aria e intercambiar números de teléfono, Gerard y Maite se fueron de «El Taller» y, después caminar un poco, se volvieron a subir a su furgoneta.
—Me paga dos mil al mes por gestionar todo el edificio.
—¿Brutos?
—Netos.
Gerard la miró, asombrado.
—¿Y has aceptado?
—Antes quería hablarlo contigo.
—¿Desde cuándo yo decido en tus decisiones laborales, Maite? —se extrañó él.
—Nunca. Lo sé. Pero sé que te preocuparás si vengo sola en metro y no creo que, aunque Aria tenga coche, pueda estar haciéndome de conductora. Además, tú necesitas la furgoneta para trabajar así que no me la puedes dejar a mí.
La mente de Maite iba a mil por cien. Estaba sopesando pros y contras y cómo tendrían que organizarse el día a día para que pudiera trabajar ahí. Gerard veía una sobrecarga inminente.
—Cariño. —La cogió de los hombros para que la mirara—. Amor. Maite. A partir del mes que viene cobraré menos de mil euros al mes. Me la suda si me echan. Me voy a poner en serio a buscar otra cosa y te traeré y te recogeré cada día de la mejor oferta que te podía salir. Si llego tarde o salgo pronto… Que se jodan. Lo digo en serio.
Maite se quedó en silencio. Le encantaba cuando Gerard la apoyaba. Sentía ganas de llorar de nuevo.
—Le he dicho a Lur que estoy embarazada.
—¿Y se lo ha tomado bien?
—Me ha dicho que tengo tiempo de sobras de enseñarle lo justo o buscar una sustituta mientras esté de baja.
Gerard apretó los hombros de Maite, feliz.
—¿Ves? Es lo mejor que podías encontrar y lo has encontrado. Aria me ha dicho que Lur es una tía estupenda y que solo necesitas saber como es.
—Es autista.
—Me lo ha dicho Aria.
—Pero no se parece a las que hemos visto en las series. Me he sentido estúpida por pensarlo.
—Yo también. Pero solo tienes que tratarla como lo harías con una jefa con dinero y ganas de que su proyecto salga adelante.
—Sí… Tienes razón. Eso es lo que tengo que hacer. Voy a aceptar el puesto de gestora de este coworking caótico. Aunque me siento como una enchufada.
—No digas eso. Aria me ha jurado y prometido que Lur no es así. Así que supongo que aún quedaría ver si en una semana trabajáis bien juntas.
—Tienes razón. Creo que en vez de centrarme en cómo he conseguido el trabajo, me tengo que esforzar por mantenerlo.
—¡Ese es el espíritu! Me alegro mucho por ti.