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Lorena S. Gimeno

Todo lo que necesito decirte ~Prólogo~

Sinopsis

Un boleto de lotería lo cambió todo.

Cinco protagonistas, cinco obstáculos. Maite afronta un embarazo sin trabajo. Gerard sueña con otra vida atrapado en la precariedad. Laura, a sus sesenta, busca reinventarse frente a la soledad. Lur se enfrenta a sentimientos que no sabe definir. Y Aria solo quiere un hogar donde poder ser.

«Todo lo que necesito decirte» es una novela coral de ficción contemporánea que explora la maternidad, los vínculos familiares, la diversidad y un erotismo honesto. Una historia actual y emotiva que muestra cómo la comunicación es la clave para sostener los lazos que nos definen.

Ideal para quienes buscan literatura de personajes, novela actual con conflictos cotidianos y relatos que hablan con sinceridad de cómo nos relacionamos.


Prólogo

Laura inspiró profundamente el olor a café mientras su hija, Lur, repasaba la lista de la mañana frente a la nevera. Vestirse, preparar la mochila, peinarse, lavarse la cara… Era una de las pocas costumbres que aún le quedaban de cuando iban a terapia semana sí semana también. La ayudaban a tener control y no olvidarse nunca de nada;para ordenar sus pensamientos y enfocarse.

Su pequeña, Lur, de veintisiete años, se sentó a la mesa y repasó la lista de tareas que tenía en la libreta (diferentes asuntos, diferentes listas). Después del trabajo por la mañana en la fábrica, iría a comprar y a un cursillo subvencionado. Porque su hija necesitaba aprender cosas nuevas, sentirse motivada. Como madre, a Laura también la tranquilizaba saber lo que estaría haciendo y dónde.

Colocó la taza habitual de leche con cacao a la temperatura exacta, ni fría ni caliente, frente a la joven y empujó el plato con una rebanada de pan de molde (ni muy tostada ni muy blanda) a su vista. Pero Lur terminó de leer primero su lista y revisó el calendario en el móvil antes de coger el pan y darle un bocado.

Entonces, al fin, miró a su madre unos segundos antes de centrar su vista en otro lugar, más allá de ella:

—Buenos días… Feliz día de la madre.

—Es verdad que es hoy —sonrió Laura en respuesta.

—Te quiero.

—Y yo a ti, mi vida.

Se quedaron unos minutos en silencio, desayunando tranquilamente.

Cuando Laura terminó su café, Lur cogió el vaso de cristal, su taza y los platos para fregar. Esos pequeños momentos antes de un día limpiando pisos la colmaban de paz a sus casi cincuenta y cinco años. Aún le quedaban más de diez años para jubilarse, y sabía que la pensión sería la mínima. Pero prefería no regodearse en ese tipo de pensamientos. Ni en lo mucho que necesitaban renovar el microondas o las almohadas. Aquel mes, además, necesitaban comprar cepillos de dientes, desodorante y otros productos de higiene. Así que tendrían gastos extra.

—¿Has mirado el billete de lotería que te regalé? —recordó repentinamente Lur mientras volvía a sentarse frente a su madre con el móvil en una mano y la otra extendida entre ellas.

—La verdad es que no.

Dicho esto, sacó el billete de lotería de la funda de su propio móvil, que pronto dejaría de funcionar, y se lo entregó a Lur. A Laura le parecía un desperdicio gastar cinco euros en una posibilidad de que te regalen algo de dinero de la nada. Al fin y al cabo, hay más posibilidades de que te caiga un meteorito encima. Sin embargo, cuando Lur se lo regaló la semana anterior mientras le decía «Si toca algo, nos vamos a un balneario juntas» no se vio capaz de romperle la ilusión.

Para cuando quiso darse cuenta, Laura llevaba un rato perdida en sus pensamientos y Lur mirando la pantalla del móvil fijamente. Sus dedos de movían cada pocos minutos.

—¿Qué? ¿Nos devuelven el dinero? —llamó la atención de su hija.

—No… —dudó la otra, con la voz ligeramente ronca—. Nos ha tocado.

Tenía los ojos tan fijos en la pantalla, tan abiertos, que a Laura le pareció extraño.

—¿E-en serio? —se alegró, nerviosa. Quizá cien o doscientos euros… Les irían bien. O quizá se podría comprar un móvil nuevo. O quizá…— ¿Cuánto?

Lur le mostró la pantalla de su móvil, con la información clara como el agua. Lo había comprobado varias veces. Para asegurarse. Para no ilusionar a su madre en balde.

Laura sintió cómo todo su ser se encogía; como cuando pasas un miedo terrible, como cuando pensaba que las echaban del piso años atrás por no poder pagar, como cuando dejó de comer para alimentar a su pequeña y pagar la terapia ocupacional, como cuando tenían que calentar agua en la cocina porque se les estropeó el calentador… Las lágrimas corrieron por su cara casi sin darse cuenta, y con ellas se fueron todos los años que llevaba tensa, ansiosa y en vilo sin saberlo.

Habían ganado diecisiete millones de euros.

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