
«El cumpleaños de Gabriel» iba a ser una escena prólogo de «Loba con piel de cabra». Sin embargo, la descarté y ha quedado como un pequeño recuerdo de que, ni siquiera cuando nadie lo ve, puede deshacerse de la máscara que lleva más de doscientos años pegada a su piel.
—Feliz cumpleaños, Sophie —brindó Gabriel por su hermana melliza. Su máscara de cabrón seguía en el sitio, incapaz de quitársela ya.
El pequeño mausoleo, en mitad de la noche, era aún más deprimente. Hacía frío y, cómo no, llovía. Era empaparse o aguantar un paraguas; y no le gustaba tener las manos ocupadas con objetos inútiles.
Así que derramó frente a su tumba la copa del único vino que había encontrado decente con fecha de 1910. Sirvió una segunda y se la bebió de un trago. Bueno, los había catado peores.
¿Sus planes para celebrar un maldito año más en su existencia? Le hubiera gustado decir que pasarse por «El Ruido» para atiborrarse a sangre y sexo, pero no se veía de humor.
Volvió a su Rogue 337, se quitó el chaquetón y encendió la calefacción. Cogió su UZAN y llamó al único número que esperaba lo hubiera desbloqueado a aquellas alturas.
—¿Qué quieres? —respondió aquella melodiosa voz que le erizaba la piel de expectativas.
—¿Cuándo vuelves, Reiji?
—El 27. —Como siempre, borde como él solo. Gabriel puso los ojos en blanco y sonrió mientras resoplaba por la nariz.
—¿Y no puedes estar aquí hoy? Quiero salir a tomarme una copa y Morgan tampoco está.
—¿Por qué? —Se le tensó la mandíbula en respuesta. La memoria del cuervo era demasiado buena para habérsele olvidado, así que se hacía el tonto para joderlo—. Ah… Que eres un año más viejo y eso. ¿Aún celebras tus cumpleaños?
—Nunca decepcionas, Reiji —gruñó—. Venga, concédeme un capricho. ¿Qué llevas puesto?
—El traje que llevaré a tu funeral, De Noir.
—Aguafiestas.
—Bebe hasta desmayarte como te gusta o búscate un agujero donde meterla. Si es una botella rota, mejor —siseó el otro—. No me llames para tus gilipolleces melancólicas.
—Sigue insultándome un poco más, Reiji. Ya que no puedes venir a darme uno de tus famosos cabezazos.
—Eres un cabrón imposible.
—Y aún así no cuelgas.
—…
Y colgó, por supuesto. Gabriel lanzó la UZAN al asiento contiguo y arrancó el motor para volver a casa, solo, y regodearse en los recuerdos con una (o dos docenas) botella de Spyritus. El amargo sabor de su propio veneno en la lengua le recordaba a la mirada de profundo odio que le dedicaba el cuervo cada vez que lo azuzaba. Y le encantaba azuzarlo. «El mejor regalo posible habría sido tu cara hoy. Pero tenías que retrasar tu vuelo para joderme. Porque aprovechas la más mínima oportunidad para ello».
Apretó el acelerador y esperó que, con ello, la adrenalina decidiera hacer acto de presencia. Quizá así, cuando se marchara, se llevara con ella el cortisol que recorría sus venas desde hacía unos días. Porque solo quedaban seis días más.