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Lorena S. Gimeno

Todo lo que necesito decirte ~5. Lur y Laura~

Sinopsis

Un boleto de lotería lo cambió todo.

Cinco protagonistas, cinco obstáculos. Maite afronta un embarazo sin trabajo. Gerard sueña con otra vida atrapado en la precariedad. Laura, a sus sesenta, busca reinventarse frente a la soledad. Lur se enfrenta a sentimientos que no sabe definir. Y Aria solo quiere un hogar donde poder ser.

«Todo lo que necesito decirte» es una novela coral de ficción contemporánea que explora la maternidad, los vínculos familiares, la diversidad y un erotismo honesto. Una historia actual y emotiva que muestra cómo la comunicación es la clave para sostener los lazos que nos definen.

Ideal para quienes buscan literatura de personajes, novela actual con conflictos cotidianos y relatos que hablan con sinceridad de cómo nos relacionamos.


5. Lur y laura

[Tareas del día:
– Repasar facturas pendientes.
– Hablar con Aria de las redes sociales.
– Preparar los pedidos de la semana y organizar los horarios.
– Esperar que Maite acepte la oferta de trabajo. (Espero)
– Quizá enviar un mensaje a Maite sobre lo interesada que estoy en su perfil de trabajo. (Preguntar a Aria primero).]

Lur aún no tenía claro que el sueldo fuera suficiente. Al fin y al cabo, antes de ganar la lotería todos sus puestos de trabajo habían sido por la mitad del salario mínimo (siempre la contrataban a medio tiempo). Había sido limpiadora, camarera, recepcionista de hotel, dependienta de una papelería… Pero nada de todo aquello la había preparado para ser jefa de una empresa, o para llevarla.

Se sentó a repasar la lista de la mañana y miró el día y la hora. Martes. La alarma del despertador le había dicho que era martes. Abrió su carpeta y repasó sus listas de tareas y la agenda. También la agenda en el móvil y los pedidos online para asegurarse de que no se había dejado nada por apuntar.

Aun después de repasarlo todo tres veces, la sensación de que se olvidaba de algo no se le iba.

—Mamá, ¿sabes sí//? —dejó la pregunta en el aire.

Sentada en la mesa de la cocina, miró alrededor y recordó que su madre no estaba en casa. En realidad, llevaba varias semanas fuera, viajando por el mundo. Miró el mapamundi que se compró cuando su madre emprendió su viaje y la pequeña chincheta que mostraba dónde estaba en aquellos momentos Laura Bofill, su madre: Nápoles.

Suspiró en el silencio de su enorme piso de dos habitaciones casi tan grandes como el piso que alquilaban su madre y ella años atrás. Diecisiete millones daban para mucho, incluso después de pagar impuestos.

Habían comprado el piso que tenían ahora, el local que era «El Taller», unos cuantos pisos en varias localizaciones que alquilaban a precio de «clase subsistente» (como se habían considerado siempre ellas) y la caravana de su madre. También se había comprado ella un monovolumen eléctrico y se habían sacado el carné de conducir juntas. ¡Ah! Y también se habían dedicado un mes de vacaciones en una cabaña en los Pirineos para disfrutar del otoño y la desconexión de la naturaleza.

Ahora, vivía sola por primera vez en su vida y no tenía muy claro qué hacer. Se levantó de la mesa, fregó el vaso de lo que había sido su leche con cacao de cada día y el plato de la tostada con mermelada de albaricoque. Se secó las manos y vio el cartón de leche en la mesa. Lo cogió y vio que estaba vacío. Lo tiró y puso otro en la nevera. Al cerrarla, la lista de todo lo que tenía que hacer por la mañana mostraba tareas sin completar. Entre ellas, poner la lavadora y ducharse. Y lavarse los dientes.

Se desnudó por completo en la cocina, fue a la habitación para desmontar la cama, cogió la ropa que había llevado el día anterior y lo metió todo en la lavadora. Cogió las instrucciones visuales y las siguió paso a paso para ponerla en marcha.

Una vez empezó a girar y vio que todo iba bien. Se lavó los dientes y se buscó la ropa que iba a llevar: tejanos, camiseta de tirantes y sudadera con capucha gigante y mangas princesa. Comenzó a vestirse cuando se encontró sin ropa interior. Y cuando no llevaba ropa interior era porque se iba a duchar. Abrió el armario donde tenía el albornoz y sacó unos boxers unisex que tiró sobre la ropa, en la cama.

Iba a salir de la habitación cuando se quitó el coletero y abrió otro armario, donde tenía expuestos en hileras varios dildos de silicona con formas y colores muy diferentes. Otro de los casi-oficios de Lur: la fabricación de dildos personalizados.

Cogió uno de los suyos y se lo llevó a la ducha. Al correr la cortina se encontró con la lista de tareas de ducha. Enganchó con la ventosa el dildo en la pared, bajo la alcachofa, y siguió la lista para repasar si tenía aún pastilla de jabón, champu y… No le apeteció afeitarse así que volvió a guardar la cuchilla en su estuche.

Dejó el albornoz y colocó la alfombrilla en el suelo antes de seleccionar la temperatura del agua y mojarse por completo. Invertir en ese grifo la ayudaba mucho a no estar media hora ajustando la temperatura del agua.

Se lavó el pelo recordándose que no tenía que rascar con tanta fuerza. Se pasó la pastilla de jabón por el cuerpo y después masajeó cada parte de su piel para hacer una ligera espuma. Se dio la vuelta para aclararse y ahí estaba el dildo, pegado a la altura exacta.

Verlo la calentó por dentro. Se masajeó el pubis con suavidad y sintió cómo se le acumulaba el flujo en el interior de la vagina. Cerró el grifo, se sacó el agua de la cara y se puso de espaldas al dildo mientras se agachaba y ponía el culo en pompa. Al separar los labios superiores, untó los dedos en su vagina y la humedad empezó a fluir, como si hubiera estado a la espera. Rozó la punta del dildo, con forma de hongo excéntrico cortado en diagonal: con la cabeza en forma similar a una mano haciendo cuenco.

No se lo pensó mucho y, mientras estimulaba su clítoris, metió la punta. El ligero dolor y tirantez, cuando eran controlados, la hacían humedecerse aún más. Y para reforzar el placer cerró los ojos y pensó en su streamer favorita y lo caliente que le había parecido la retransmisión de la noche anterior.

Empujó la cadera hasta llegar a la base del dildo y chocar con las nalgas contra las baldosas de la ducha. En el silencio del piso, sin nadie para escucharla ni música para tapar lo que hacía allí, el sonido de su culo le pareció muy erótico. Repitió las embestidas unas cuantas veces más, con fuerza y ritmo, mientras se dilataba.

Se levantó poco a poco y, con la elevación de la espalda, el ángulo en el que el dildo entraba en ella cambiaba. En vez de estimular su cérvix, poco a poco golpeaba contra la pared delantera de su vagina y la zona de la próstata y la vejiga. Completamente en pie, siguió con los aplausos de nalgas contra la pared de la ducha mientras se masturbaba el clítoris.

Se recordó que podía gemir. Así que empezó abriendo la boca y respirando a través de ella. Los latidos de su corazón se aceleraron y lo sintió bajo la garganta. Los suspiros se convirtieron en jadeos; y estos en gemidos mientras aplastaba las nalgas una y otra vez contra la pared.

Sintió el orgasmo fraguarse en las profundidades de su útero y el cosquilleo característico le subió rápidamente desde los dedos de los pies. Golpeó con el culo la pared, con fuerza y estalló con un gemido casi a gritos, que acalló con una mano. Se notaba la cara roja y la otra mano empapada en su propio flujo.

Sacó el dildo de su interior y lo despegó de la pared con maestría antes de lavarlo correctamente y enjuagarse.

***

El puerto le pareció un lugar ideal, así que lo fotografió varias veces con la cámara y, finalmente, hizo una foto más con la cámara del móvil para mandarle a Lur.

A primera vista, en la foto, era un precioso pueblecito de Italia. Así que consideró que se venderían bien en los bancos de imágenes.

Laura, vestida con ropa sacada de un hada del bosque invernal, dejó que el aire meciera su cabellera canosa y se compró el desayuno antes de volver a la caravana a trabajar. Porque no sabía estar sin trabajar.

Subió las fotos, las editó y las colgó tras poner un precio razonable. Repasó las ventas y las estadísticas de su cuenta y se alegró de que, una y otra vez, su gusto la llevara a vender sus propias fotografías. Al final, el cursillo que había tomado junto a su hija había dado sus frutos. Y con los ingresos por derechos de autoría podía cubrir sus gastos de viaje.

Observó la caravana en la que llevaba las últimas semanas y recordó que tenía que pasar por una lavandería antes de seguir su camino. Mandó la foto del móvil a Lur y le comentó lo bonita que era Italia, aunque hacía frío aquel día.

Después, tras ordenar sus cosas, salió de Mutriku hacia el siguiente pueblo que le pareciera bonito y convenientemente ambiguo. Porque no se veía capaz de decirle a su hija que no había puesto un pie fuera de España, aún.

***

Lur repasó las notificaciones de su móvil mientras se secaba el pelo. Le puso un corazón a la foto que le había mandado su madre y le preguntó si estaba probando las especialidades locales. Quizá, en un par de años, ella también se daría una vuelta al mundo, pero en avión y alojándose en hoteles. Si ya no le gustaba hacer las tareas de casa, como para tener que hacerlas sin las comodidades de su casa.

Siguió revisando notificaciones con una mano mientras daba vueltas con el índice al anillo del pulgar. Entonces entró un mensaje de Maite, y sonrió de oreja a oreja.

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